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Tema 9 (opcional) España en el primer tercio del siglo XX

16 enero, 2012

TEMA 9.  ESPAÑA EN EL PRIMER TERCIO DEL SIGLO XX: ASPECTOS POLÍTICOS, SOCIALES Y ECONÓMICOS

I) ASPECTOS POLÍTICOS

1.- Introducción.
En 1902 comenzó el reinado de Alfonso XIII, durante el cual se produjo un proceso de descomposición política y social que culminó en 1923 con el golpe de Estado de Primo de Rivera, cuya dictadura puso fin al sistema político de la Restauración. En el ámbito internacional, el reinado de Alfonso XIII coincide con el periodo de la carrera de armamentos y de la formación de alianzas que desembocaron en la I Guerra Mundial, que tuvo profundas repercusiones en España.
El periodo comprendido entre 1902 y 1923 estuvo marcado por la crisis permanente, originada por:
–    La crisis de liderazgo de los partidos dinásticos tras la desaparición de Cánovas y Sagasta. Tanto liberales como conservadores, tuvieron fuertes tensiones internas por el control de sus partidos. Dentro del Conservador fue finalmente Antonio Maura quien acabó liderándolo, mientras que en el partido Liberal la jefatura recayó en José Canalejas. Con ellos llegó al gobierno una nueva generación de políticos influida por las ideas regeneracionistas, que intentó poner en marcha proyectos de reforma desde el interior del propio sistema. Pese a estos intentos, no hubo cambios profundos y se mantuvo el sistema del turno político.
–    La pérdida de influencia del caciquismo restó eficacia a la maquinaria electoral al hacerse más difícil la manipulación. Esto, unido a la aparición y crecimiento de partidos ajenos al sistema (socialistas, radicales, republicanos y nacionalistas) que fueron aumentando su número de diputados, hizo que las mayorías parlamentarias de los partidos dinásticos fueran cada vez más precarias.
–    El aumento de las luchas sociales es otro hecho destacable. La fuerza creciente de los sindicatos anarquistas y socialistas, que mantenían posiciones cada vez más enfrentadas con los patronos, dio lugar a agudos conflictos y huelgas que desestabilizaron permanentemente la vida política.
–    El resurgimiento de dos viejas tendencias, el anticlericalismo y el antimilitarismo, y el crecimiento espectacular del nacionalismo, sobre todo en Cataluña, donde generó tensiones entre el gobierno central y los grupos nacionalistas.

2.-  La evolución política entre 1902-1914.
Durante los primeros años del reinado de Alfonso XIII se produjeron numerosos cambios de gobierno. Fueron las llamadas “crisis orientales”, por alusión al palacio de Oriente de Madrid, residencia del Rey, donde se fraguaban y producían. Uno de los problemas más graves estuvo relacionado con los conflictos que había a raíz del Desastre del 98: las relaciones entre la prensa y el Ejército, y el auge del catalanismo. Dos periódicos catalanistas, Cut-Cut y La Veu de Catalunya, publicaron algunos comentarios y caricaturas consideradas ofensivas por muchos militares. Así, un grupo de oficiales asaltó e incendió los locales de ambas publicaciones, hecho que quedó impune. Además, el Ejército consiguió que se aprobara, en 1906, la Ley de Jurisdicciones, por la cual quedaban bajo jurisdicción militar las ofensas a la unidad de la patria, al Ejército y a la bandera. Esto desprestigió enormemente al gobierno y consiguió unificar a las principales fuerzas catalanistas, que formaron una plataforma electoral. Esta plataforma obtuvo, poco más tarde, una contundente victoria en las elecciones catalanas. Desde 1907 dos gobiernos sucesivos, el de Maura y el de Canalejas, van a intentar renovar la política con programas de carácter regeneracionista. Ambos gobiernos constituyen la etapa fundamental de la monarquía alfonsina.

a)    El gobierno de Maura: la “revolución” desde arriba.(1907-1909)
Maura era un antiguo liberal que se convirtió en jefe del partido Conservador. Era enemigo del caciquismo electoral y como él mismo dijo, “o hacemos la revolución desde arriba o nos la hacen desde abajo”. En 1907 el Rey lo nombró jefe de gobierno. Desde el poder, protagonizó el más ambicioso intento reformista realizado por los conservadores.
Maura, consciente de que el sistema político carecía del apoyo popular, quiso atraer a las llamadas “masas neutras”, que vivían al margen del mismo,  a la participación política. El objetivo era configurar un Estado fuerte capaz de erradicar el caciquismo y de impedir el excesivo protagonismo de las clases populares. Para conseguirlo, adoptó dos medidas: por un lado, estableció el voto obligatorio para así atraer a amplios sectores a la participación electoral; por otro, reformó la administración local ampliando considerablemente la autonomía de los municipios.
En el terreno económico, tomó medidas para proteger y fomentar la industria nacional. En política social estableció el descanso dominical y creó el Instituto Nacional de Previsión, antecedente de la actual Seguridad Social, para atender a las pensiones.
En 1909, los sucesos de la Semana Trágica de Barcelona colapsaron la política reformista de Maura. Con motivo de la impopular guerra de Marruecos, Maura decidió enviar  soldados que habían pasado a la reserva, muchos de ellos casados y con hijos. Las protestas se generalizaron, especialmente en Cataluña, donde habían crecido los sentimientos antimilitaristas a raíz de la Ley de Jurisdicciones. Las fuerzas obreras, socialistas y anarquistas, se radicalizaron y proclamaron la huelga general. Pero la iniciativa popular desbordó a los convocantes y se produjo un estallido espontáneo de descontento, con numerosos y graves incidentes que se prolongaron durante una semana en Barcelona (luchas callejeras, incendios, asaltos de conventos, …).
El Gobierno declaró el estado de guerra y envió tropas que lograron controlar la situación. El balance fue de numerosos muertos y heridos, y muchos edificios destruidos. Pero la represión posterior fue mayor y los procesos sumarísimos llevados a cabo por los tribunales militares contra los líderes de la subversión sin demasiadas garantías, provocaron una oleada de oposición a Maura. La brutalidad de la represión llegó al límite con el procesamiento y ejecución del pedagogo anarquista Francisco Ferrer y Guardia, fundador de la Escuela Moderna.
Como consecuencia de todo ello, se produjo la caída de Maura, cuyo desprestigio llevó a Alfonso XIII a retirarle su confianza y traspasar el gobierno a los liberales.

b)    El gobierno de Canalejas: el último intento regeneracionista. (1910-1912).
En 1910, el liberal José Canalejas formó un nuevo gobierno y, como Maura, se propuso modernizar la vida política e intentar atraerse a ciertos sectores populares a partir de un mayor reformismo social y de una política anticlerical.
Su política social se basó en la sustitución del impuesto de “consumos” por un impuesto progresivo sobre las rentas urbanas, lo que originó la protesta de las clases acomodadas. También reformó las “quintas” estableciendo el servicio obligatorio en tiempos de guerra (no se podían pagar las redenciones) y reduciendo el tiempo de servicio en época de paz. Otras medidas sociales se encaminaron a mejorar las condiciones laborales, como la regulación de la jornada nocturna de las mujeres y del contrato de aprendizaje. Respecto a la cuestión religiosa, pensaba que lo mejor era la separación  entre la Iglesia y el Estado, e intentó inútilmente conseguir un acuerdo con la Santa Sede. Entonces, promulgó la “Ley del Candado”, que prohibía la instalación en España de nuevas órdenes religiosas.
Por último, Canalejas continuó la línea abierta por Maura de acercamiento a los nacionalistas catalanes, y en 1912 presentó la Ley de Mancomunidades, por la que se admitía que varias Diputaciones se unieran para formar un organismo regional que comprendiera a las cuatro provincias catalanas.
La labor del gobierno de Canalejas concluyó de manera trágica cuando fue asesinado por un anarquista en 1912 en la Puerta del Sol de Madrid. Terminaba así el último intento de renovar al país desde la óptica del regeneracionismo, y acababan también los mejores momentos del reinado de Alfonso XIII.

c)    La crisis del regeneracionismo.
A partir de la muerte de Canalejas el reformismo de los partidos dinásticos perdió fuerza, y la ausencia de líderes prestigiosos provocó la división interna de los partidos del turno. En 1913, el Rey nombró presidente del gobierno al conservador Eduardo Dato, quien tuvo que hacer frente a las consecuencias del estallido de la I Guerra Mundial (1914-1918). La medida más importante de este periodo fue la promulgación de la Ley de Mancomunidades (redactada por el gobierno de Canalejas), que permitía cierta autonomía a las regiones.

3.-  España y la Primera Guerra Mundial.
Al estallar la I Guerra Mundial España mantuvo una posición de neutralidad, actitud que fue apoyada por casi todas fuerzas políticas. Los motivos que condujeron a esta decisión fueron:
–    El tradicional aislamiento español, agudizado tras el Desastre del 98, que había dejado a España al margen de los dos sistemas de alianzas internacionales que entraron en el conflicto.
–    La debilidad diplomática, económica y militar, que hacía de España un aliado poco deseado por los contendientes.
Pero a pesar de la neutralidad oficial, la guerra originó un debate ideológico en el seno de la sociedad española, que se dividió entre “aliadófilos” y “germanófilos”. Se identificaba a los aliados (Francia, Gran Bretaña y EE.UU.) con el sistema liberal y democrático, por lo que los sectores más progresistas se inclinaron por este bando. Los “germanófilos” eran los partidarios del bando de los Imperios Centrales (Alemania y Austria), representantes del orden y la autoridad. Se inclinaron por este bando las clases altas, la Iglesia y el mismo Rey, es decir, los sectores más conservadores de la sociedad.
Más decisivas fueron las consecuencias económicas de la guerra, que ofreció una oportunidad única para la expansión de la economía española, ya que redujo la capacidad productiva de los países beligerantes, y España se convirtió en suministradora de productos industriales y agrarios de todos ellos. Así, se dispararon las exportaciones y la industria creció de manera espectacular, obteniéndose cuantiosos beneficios. Estos negocios, que enriquecieron a unos, hundieron en la miseria a la mayoría. El crecimiento de la demanda exterior provocó un aumento de los precios, lo que desató un proceso inflacionario sin precedentes que no fue acompañado de un aumento equivalente de los salarios. De esta manera, la capacidad adquisitiva de la mayoría de la población disminuyó considerablemente y el nivel de vida de las clases populares empeoró. El enriquecimiento de unos pocos provocó la indignación de las clases trabajadoras y el auge de las organizaciones obreras (UGT y CNT). Una oleada de protestas, agitaciones y huelgas fue produciéndose a los largo de la guerra, en un proceso que culminó en la crisis general de 1917.

4.-  La crisis de 1917.
En 1917 se produjo una grave crisis que puso en entredicho la pervivencia del sistema de la Restauración. Convergieron tres revoluciones distintas en un mismo momento: la militar, la política y la social. La protesta fue generalizada: militares, partidos no dinásticos y organizaciones obreras. Pero estos sectores no tenían un programa común ni actuaron unidos, por lo que el movimiento no consiguió sus objetivos.

a)    La crisis militar: Las Juntas de Defensa.
El primer conflicto serio lo originó el Ejército, aquejado de graves problemas. En primer lugar, como consecuencia de las guerras coloniales, se había convertido en una organismo monstruoso con un número excesivo de oficiales en relación a los soldados. El motivo era que los ascensos se obtenían mayoritariamente por méritos de guerra, lo que en estos momentos beneficiaba a los militares africanistas en detrimento de los peninsulares. Las posibilidades de ascenso estaban ahora en Marruecos, y esto beneficiaba sobre todo a los oficiales jóvenes y solteros, que además de cobrar sueldos más altos conseguían un rápido ascenso. El otro gran problema del Ejército era la inflación, que había hecho disminuir la capacidad adquisitiva de los militares, ya de por sí con salarios bajos. El descontento militar desembocó en la formación de las llamadas Juntas de Defensa, una organización de militares que se extendió por la mayoría de las guarniciones de toda la Península, y cuyo objetivo era presionar al gobierno para conseguir aumentos salariales y el fin de los ascensos por méritos de guerra, reivindicando la antigüedad como único criterio.
Culpaban al gobierno de los males del Ejército y del país, y hacían un llamamiento a la renovación política usando para ello un cierto lenguaje regeneracionista. Quienes pensaban que el país necesitaba una regeneración política vieron en los militares un posible instrumento para poder conseguirla, pero en realidad las Juntas de Defensa representaban mucho menos de renovación de lo que parecía, pues sólo eran un grupo de presión al servicio de los intereses de los militares.
El gobierno se mostró incapaz de solucionar el problema y, consciente de que el Ejército era necesario para sostener a la monarquía y al sistema, acabó reconociendo a las Juntas y accediendo a sus peticiones. Así, el Ejército volvió a ser pilar de la monarquía y del gobierno frente a los problemas sociales. Su protagonismo fue acentuándose hasta desembocar en el golpe de Estado de primo de Rivera (1923).

b)    La crisis política: la Asamblea de Parlamentarios.
Ante la situación creada por el problema militar, para evitar la propagación de la crisis, el gobierno de Dato suspendió las garantías constitucionales, clausurando las Cortes e imponiendo la censura de prensa. Entonces, una nueva protesta, la política, vino a sumarse a las otras. Cambó, líder de la Lliga Regionalista, convocó una Asamblea de parlamentarios catalanes en Barcelona para presionar al gobierno y conseguir una convocatoria de Cortes Constituyentes, las cuales deberían transformar la organización del Estado sobre la base de la descentralización y un régimen de autonomías regionales. La Asamblea tuvo una participación reducida   (acudieron pocos diputados) y un tono izquierdista, pero el gobierno la disolvió tachándola de separatista. El movimiento asambleario no tuvo continuidad a causa de la negativa de las fuerzas monárquicas a participar en su programa. También contribuyeron a debilitarlo las discrepancias ideológicas entre los regionalistas y las fuerzas de izquierda, la oposición de las Juntas de Defensa y el temor a un estallido revolucionario tras las huelgas convocadas por los sindicatos.

c)    La crisis social: la huelga general.
Existía una fuerte conflictividad laboral motivada por la subida de los precios que se produjo durante la I Guerra Mundial. Mientras las empresas obtenían considerables beneficios, las clases trabajadoras se empobrecían. La tensión se fue acumulando y estalló en el verano de 1917. Sindicatos y partidos de izquierda empezaron a organizar una huelga general indefinida y pacífica. El momento parecía propicio porque paralelamente se estaban produciendo los conflictos de los militares y de los parlamentarios. La huelga iba a tener un doble carácter: económico, con demandas salariales y de reducción de jornada laboral; y político, con la exigencia de cambios profundos en el gobierno.
La huelga de agosto de 1917 tuvo una incidencia muy desigual. El seguimiento fue bastante importante en las principales poblaciones industriales y mineras, donde se produjeron incidentes violentos que provocaron más de 70 muertos y miles de detenidos. Más tímido fue el seguimiento entre los sectores campesinos. La respuesta del gobierno fue básicamente represiva. Envió al Ejército a reprimir el movimiento y, aunque no fácilmente, la huelga acabó siendo controlada. Con ello el Ejército demostró su fidelidad a la monarquía, pero por otro lado perdió prestigio popular.

d)    Consecuencias de la crisis del 1917.
Los sucesos de 1917 no consiguieron poner fin al sistema político de la Restauración, que logró sobrevivir a la crisis y se mantuvo cinco años más. Sin embargo, el régimen entró en una progresiva descomposición y ante la incapacidad para democratizarse y adaptarse a las exigencias de cambio social de los sectores sociales emergentes, entró definitivamente en crisis en 1923.
También se puso de manifiesto que los sectores renovadores que se opusieron al sistema (militares, parlamentarios y obreros) carecían de objetivos comunes. Ante las movilizaciones sociales, el Ejército reaccionó apoyando la represión y abandonando sus deseos reformistas.

II)    ASPECTOS ECONÓMICOS.

1.-  Características generales de la economía durante el periodo de la Restauración.

a)    Las innovaciones.
El periodo comprendido entre finales del XIX y la crisis económica de 1929 se caracterizó, a escala internacional, por un profundo cambio de la economía denominado Segunda Revolución Industrial. España participó también de estas tendencias aunque continuó teniendo una economía predominantemente agraria y poco competitiva en los mercados exteriores. Durante esos años se inició una lenta pero sólida transformación y de la base económica social de España.
Las causas que provocaron esa profunda transformación son de carácter tecnológico: la difusión  de las nuevas fuentes de energía, la electricidad y el petróleo, que permitieron vencer el principal obstáculo para el crecimiento español: la escasa calidad del carbón autóctono. El uso comercial de la electricidad abrió la posibilidad de mecanizar la  producción industrial disminuyendo los costes. De esta manera, pudieron descender los precios, lo que permitió el crecimiento de la demanda, que a su vez hizo posible el aumento de la cantidad producida.
El avance de la electrificación en España se hizo en dos etapas. Entre 1880 y la I Guerra Mundial el uso de la electricidad estuvo limitado a la iluminación, pero desde 1914 su uso se difundió a la industria, sobre todo en Cataluña y el País Vasco, donde el consumo superaba con creces la media española.
La otra gran innovación vino de la mano del petróleo y de los progresos en la mecánica de motores, que dieron paso a la revolución de los transportes de la primera mitad del siglo XX (la aparición del automóvil), particularmente a partir de 1914.
Otro factor de cambio fue la mejora de las comunicaciones: ferrocarril, telégrafo, teléfono y radio. Sin embargo, muchos de estos avances se concentraron en las ciudades, quedando al margen las zonas rurales.
A pesar de la importancia de estos cambios, España no alcanzó el nivel de desarrollo de las naciones más avanzadas.

b)    Los desequilibrios regionales.
El crecimiento general de la economía se puso de manifiesto en el aumento del peso de la industria respecto al sector primario, atenuándose la inferioridad industrial de España. Sin embargo, el crecimiento general no eliminó los profundos desequilibrios regionales y sociales. España era una “sociedad dual” en la que convivían dos mundos diferenciados: unas pocas áreas industrializadas (Cataluña, País Vasco y Madrid), y un inmenso interior agrario con formas de vida muy atrasadas, habiendo una escasa interrelación entre ambos. Se pueden diferenciar tres áreas económicas:
–    Áreas agrarias del interior dedicadas a cultivos extensivos de cereales, con muy bajos rendimientos. Resistían la competencia extranjera gracias a un rígido proteccionismo.
–    Áreas periféricas industriales -Cataluña, País Vasco y zonas del Cantábrico- que producían principalmente para el mercado interior, puesto que sus altos costes y su baja productividad les impedían competir en los mercados internacionales. Necesitaban también de una fuerte y progresiva protección.
–    Áreas periféricas mediterráneas, que consumían productos protegidos a precios altos y, en cambio, exportaban productos hortofrutícolas, aceite y vinos, posibilitando así importaciones de materias primas   y bienes de equipo necesarios para la industria.
El régimen no hizo nada para romper el contraste entre la España rural y atrasada y la España industrial y moderna.
Los desequilibrios regionales estuvieron acompañados de desequilibrios en las rentas de las personas. Mientras los empresarios y los trabajadores cualificados vieron aumentar sus ingresos, los salarios de la inmensa mayoría (campesinos y obreros) perdieron capacidad adquisitiva debido al exceso de mano de obra. Se agrandaron las diferencias de renta entre ambos sectores, lo que se convirtió en un factor de conflictividad social.

2.-  La evolución demográfica.
Uno de los síntomas de la transformación económica fue el aumento considerable de la población española: si en 1877 España tenia 16,6 millones de habitantes, en 1930 eran 23,5 millones. Ello fue debido a un descenso muy pronunciado de la mortalidad. La tasa de mortalidad se redujo casi a la mitad gracias a las mejoras en la dieta, la higiene y la sanidad.
Al mismo tiempo, se produjo un aumento de la urbanización en detrimento de los núcleos rurales. Hubo una migración interior hacia las zonas industriales urbanas donde muchos campesinos esperaban encontrar empleo. Grandes ciudades como Madrid o Barcelona incrementaron considerablemente su población, al igual que otras como Bilbao, Valencia, Sevilla, Málaga, Zaragoza… En el extremo opuesto se hallaban los numerosos pueblos con unos pocos de miles de habitantes. El resultado fue un dualismo muy acentuado entre campo y ciudad. Además, se produjo una  fuerte emigración exterior (casi 1.500.000 españoles), preferentemente a América Latina, motivada por las escasas oportunidades de empleo.

3.-  La agricultura.
España siguió siendo un país predominantemente agrícola. Así pues, la agricultura siguió condicionando su desarrollo económico. Destaca la  escasez de las transformaciones agrícolas, especialmente en el cultivo de cereales, por lo que los rendimientos por hectárea eran de los más bajos de Europa. Los escasos progresos impidieron reducir costes y precios, lo que habría permitido aumentar la oferta de alimentos.
Las causas del atraso agrario vienen del pasado. Tuvo una influencia destacada la estructura de la propiedad de la tierra, que seguía caracterizándose por la existencia de grandes propiedades latifundistas en Extremadura, Andalucía y La Mancha, cuyos dueños mostraban poco interés por introducir innovaciones. Al mismo tiempo, la mala calidad de la tierra en la submeseta norte y el minifundismo en Galicia impidieron aumentar los rendimientos para ser competitivos, lo que obligó a la emigración a muchos pequeños campesinos. Otro de los problemas era el exceso de mano de obra subempleada, que permitía mantener bajos salarios y que hacía innecesaria la aplicación de nuevas técnicas. En consecuencia, el mercado interior continuaba siendo raquítico, lo que tampoco animaba a invertir en mejoras agrícolas.
Sobre esta situación actuaba una política proteccionista que beneficiaba sobre todo a los grandes latifundistas. Al gravar con aranceles los productos agrícolas más baratos, los terratenientes podían mantener precios altos y obtener enormes beneficios. Los propietarios actuaban a través de asociaciones para presionar al gobierno en defensa de sus intereses. El cereal se consolidó como el principal cultivo del campo español, pero su precio era mucho más alto que en otros países, viéndose obligada la población a consumir alimentos mucho más caros que los del mercado internacional. Así, la renta disponible para comprar productos industriales fue menor, lo que frenó el desarrollo industrial. A pesar de los altos precios agrarios, los propietarios no invirtieron en mejoras, debido a su mentalidad rentista.
Al margen de esta situación, otros cultivos como la vid, el olivo o los cítricos tuvieron una trayectoria más dinámica e introdujeron cambios, sobre todo en la zona del Mediterráneo. Así, desde el último tercio del siglo XIX fue importante la expansión de la viticultura, cuyo resultado fue un aumento de la producción.
Lo mismo sucedió con la producción y exportación de aceite de oliva. Aunque las ventas en los mercados internacionales aumentaron, España no supo establecer una imagen de marca ni tuvo una estructura comercial propia, lo que hizo que el aceite español dependiera de la demanda italiana.
Los cítricos, cultivados en su inmensa mayoría en la Comunidad Valenciana, configuraron el tercer producto de la agricultura más dinámica. Aumento la superficie cultivada a costa de los cereales, hasta entonces el principal cultivo. El predominio de la pequeña y mediana propiedad posibilitó el aumento de los ingresos de muchos valencianos, con lo que se impulsó el desarrollo de otros sectores económicos. Desde los años noventa se produjo un espectacular crecimiento de las exportaciones de cítricos.

4.-  La minería.
Entre 1874 y 1914 tuvo lugar la explotación masiva de los ricos yacimientos mineros del subsuelo español, aunque ello tuvo pocos efectos positivos sobre la economía española. Las dos actividades mineras más importante de este periodo fueron el carbón y el mineral de hierro. En el caso del carbón, el aumento de la producción fue debido a la política proteccionista del Estado. Las causas que explican la expansión minera son tres:
–    El aumento de la demanda internacional, sobre todo de hierro, pero también de plomo, cobre y cinc, necesarios para los países más desarrollados industrialmente.
–    Los avances en las técnicas de explotación que abarataron los costes de extracción.
–    La Ley de Minas de 1869, que liberalizó la explotación de los yacimientos.
Así, creció de forma espectacular el número de concesiones para explotar las minas. Muchas compañías internacionales aprovecharon esta legislación liberal para explotar y exportar minerales a los países industrializados con bajos costes y muy altos beneficios. La mayor parte de las cantidades extraídas fueron exportadas: el plomo de Sierra Morena, el cobre de Huelva y el mercurio de Almadén  (Ciudad Real).
Este enorme incremento de las exportaciones de metales y minerales no fue acompañado de una transformación económica de las áreas mineras debido a la fuerte presencia de las compañías extranjeras, aunque es necesario matizar que en España no existía una demanda interna capaz de absorber la producción, como tampoco existían compañías nacionales que pudieran acometer la explotación de los yacimientos. En muchos casos, la importancia de esta explotación residía en que fue utilizada para paliar la insuficiencia de los ingresos de la Hacienda.
Donde la minería del carbón adquirió más importancia y desarrollo fue en Asturias, pues allí los yacimientos eran más ricos y había más facilidades para el transporte marítimo dada su proximidad a la costa. El carbón asturiano, de mala calidad y de cara explotación, quedó casi por completo en manos de compañías españolas. Como no podía competir ni en precios ni en calidad con el carbón extranjero, su única salida fue la protección arancelaria del Estado, gracias a la cual se multiplicó su extracción. La minería del carbón fue, junto a la producción de cereales, el sector que consiguió mayores apoyos estatales: aranceles, subvenciones públicas, exenciones  fiscales,…
La minería del hierro presenta características más positivas, ya que el mineral vizcaíno era de excelente calidad y además también contaba con la ventaja de la proximidad al mar, lo que abarataba su transporte. A partir de 1871 se creó un gran número de sociedades mineras, casi todas de capital bilbaíno, pero también francés o belga. La escasa demanda interior hizo que, como otros minerales, el hierro fuese exportado en su mayoría, sobre todo a Inglaterra, pero también a Alemania, Francia y Bélgica. El auge de las explotaciones convirtió a España en el principal exportador de mineral de hierro de Europa. Desde comienzos del siglo XX se redujo la importancia de los yacimientos vascos, aunque la acumulación de capital, la transformación previa de la economía vasca y la repatriación de capitales de Cuba, dieron como resultado la consolidación de una importante industria siderúrgica.

5.-  La industria.
a)    Características generales.
–    Tendencia a la regionalización:  la actividad industrial se concentraba sobre todo en el País Vasco y Cataluña, además de pequeños núcleos en otras ciudades de la periferia.
–    Exceso de concentración: unas pocas empresas monopolizaban casi por completo la producción del sector al que correspondían.
–    Fuerte dependencia de capitales extranjeros. Si exceptuamos la siderometalurgia vasca y el sector textil catalán, en manos de las burguesías locales, el resto de los sectores (química, eléctrica…) estaba en manos de compañías extranjeras.
–    La industria estaba supeditada al sector agrario: puesto que no había capacidad para competir en el exterior, la industria dependía del débil mercado interior, formado por una población con escasa capacidad del compra.
–    Fuerte proteccionismo estatal. Los empresarios industriales preferían un mercado pequeño pero seguro, en vez de competir e intentar ampliarlo con una política de precios más bajos. Formaron, como los terratenientes, asociaciones patronales para presionar al gobierno, que respondió con una política arancelaria.

b)    La industria vizcaína.
En el período que estudiamos se produjo la consolidación de una industria siderúrgica moderna, localizada en Vizcaya, cuyas empresas desbancaron a las asturianas y malagueñas, y se convirtieron en las más importantes de España dentro del sector. Las causas fueron:
–    La abundancia de mineral de hierro de calidad que permitió alimentar a la propia industria y favoreció la exportación.
–    La acumulación de capitales que se generaron gracias a esta exportación de mineral de hierro, sobre todo a Inglaterra. Es decir, la inyección monetaria que constituyó la venta del mineral al extranjero fue la base del desarrollo industrial vasco.
–    La llegada del carbón necesario por dos vías, una procedente de Inglaterra, y otra por el ferrocarril que transportaba el carbón desde la cuenca minera asturiana. En el primer caso, se estableció un eje comercial entre Vizcaya y Gales a través del cual se exportaba mineral y se importaba carbón galés, de mayor calidad que el asturiano, para los altos hornos vizcaínos.
De esta forma, los beneficios obtenidos de las exportaciones se reinvirtieron en la construcción de altos hornos, lo que supuso un enorme avance para el despegue industrial vasco. En este despegue jugó también un importante papel la incorporación de nuevas tecnologías (convertidor Bessemer y el procedimiento Siemens-Martin) que incrementaron la producción de acero.
El desarrollo de la siderurgia, a su vez, posibilitó la existencia de industrias de bienes de equipo: compañías navieras, empresas de construcciones mecánicas, industrias químicas y cementeras, metalúrgicas, etc. También se desarrolló la banca y el sector eléctrico. En general, se creó un entramado de industrias muy diversificadas, que consolidaron una sólida base industrial en el País Vasco con fuertes ramificaciones en el resto de España.
c)    La industria catalana.
Ya desde 1860 la industria textil catalana dominaba el mercado nacional, y eso que carecía de las dos materias primas esenciales para esa industria: el algodón y el carbón para las máquinas de vapor. Las razones del éxito catalán se encuentran en la existencia de una burguesía dinámica y emprendedora, y en la “conquista” del mercado español gracias al proteccionismo estatal, tal como le sucedió a la siderurgia vasca. Por ello, a pesar de los altos costes de producción, pudo desarrollarse gracias a la sólida barrera arancelaria, y gracias a los mercados preferentes de Cuba y Puerto Rico.
Durante la primera etapa de la Restauración, la industria textil catalana culminó su proceso de mecanización y llegaron a monopolizar el mercado español. Pero en los años ochenta el mercado se saturó y entró en crisis de superproducción, lo que indujo a una diversificación de las inversiones en otros sectores industriales: industria papelera, industria química e industria eléctrica. Es decir, el beneficio obtenido de su monopolio textil se reinvirtió en otras actividades industriales, de manera que Cataluña se encontraba preparada para hacer frente a la Segunda Revolución Industrial con muchas más ventajas que otras regiones que quedaron considerablemente más retrasadas hasta la segunda mitad del siglo XX

d)    Los nuevos sectores industriales y la difusión de la industria.
Una de las novedades importantes de este período fue la aparición y desarrollo de sectores económicos nuevos, como la industria eléctrica, la química y la metalurgia. Al mismo tiempo, la industria se difundió por otras zonas de España además del País Vasco y Cataluña.
En cuanto a los nuevos sectores industriales, sobresale el rápido crecimiento de la energía eléctrica, que fue esencial para el desarrollo industrial español de estos decenios. Gracias al enorme potencial hidroeléctrico que España tiene, se redujeron los costes y su explotación aumentó rápidamente. Paralelamente, se desarrolló la fabricación de material eléctrico por parte de empresas instaladas en el país para satisfacer la demanda interna.
Otras industrias importantes fueron las alimentarias, como la harinera, la vinícola, la aceitera o la azucarera, que se desarrollaron gracias a la importancia del sector agrícola. En Galicia destaca el desarrollo de la industria conservera, en relación con la actividad pesquera de la zona.
Madrid participó también del proceso de expansión hasta consolidarse como la tercera región industrial de España. La causa de estos progresos radica en que es la sede de la administración central y en su fuerte crecimiento demográfico, que favoreció la demanda de bienes de consumo.
En conjunto, la época de la Restauración es la de la consagración definitiva del País Vasco y Cataluña como los núcleos fundamentales de la industrialización española, mientras que las demás regiones, excepto Madrid, quedaron notablemente más atrasadas. Se trata, por tanto, de una industrialización parcial.

6.- El sector financiero.
Tanto la Hacienda Pública como la banca privada experimentaron cambios importantes       durante la Restauración.
La Hacienda, crónicamente deficitaria a causa de los bajos ingresos, experimentó importantes modificaciones a principios del siglo XX cuando una serie de reformas   (reducción de los intereses de la Deuda, limitación del gasto, reforma fiscal) dieron como resultado unos presupuestos con superávit, algo inédito en la historia de España.
En cuanto a la banca, se produjo una considerable expansión con la fundación de algunos de los bancos más importantes del siglo XX. Surgieron el Banco de Vizcaya, el Banco Hispanoamericano (fundado con capitales repatriados de Cuba) y el Español de Crédito. Estos nuevos bancos orientaron su actuación a captar el pequeño ahorro a través de una extensa red de sucursales, para luego invertirlo en la industria. Así, la banca se hizo nacional y, sobre todo en el País Vasco, financió a la industria privada.

7.- El impacto de la Primera Guerra Mundial.
La guerra significó para la economía española una ruptura con el pasado, ya que se produjo un espectacular crecimiento de las exportaciones, de la producción y de los beneficios empresariales. Esta situación derivaba del papel de privilegio de España como país neutral. A partir de 1915 se produjo un crecimiento acelerado de las exportaciones de materias primas, carbón y productos industriales, debido tanto a la desaparición de la competencia extranjera,  al estar los países industrializados en guerra, como a la enorme demanda de estos mismos países para su abastecimiento.
Otro aspecto fue el notable incremento de los beneficios empresariales gracias, por un lado, al crecimiento de la producción y de las exportaciones, y por otro a la fuerte inflación que trajo consigo.
Además de la industria, hay que destacar el desarrollo del transporte marítimo y de la banca.
Como consecuencia, se produjo un superávit de la balanza comercial. Sin embargo, a partir de 1917 se entra en una fase de crisis cuando la demanda de los países en guerra disminuyó. Además, los enormes beneficios generados entre 1915 y 1917 no habían sido aprovechados para sanear la economía española, salvo algunos sectores que sí se modernizaron.
Entre las consecuencias negativas de la guerra se encuentran:
–    El retorno de los emigrantes, que provocaron un exceso de mano de obra.
–    La acusada inflación. Los precios se duplicaron, lo que provocó la caída en picado de la capacidad de compra de las clases trabajadoras españolas.
–    El incremento del paro a partir de 1917.
A pesar de todo ello, la guerra produjo algunas consecuencias positivas para el futuro:
–    Sectores como el siderúrgico o el químico se modernizaron.
–    Otros pasaron a ser nacionales al retirarse los capitales extranjeros.
–    La banca se convirtió en la principal fuente de financiación de la industria española.

8.- La intervención del Estado.
Desde finales del siglo XIX se  produjo un avance de la intervención del Estado en dos direcciones:
–    La elevación de las tarifas arancelarias para evitar la competencia exterior.
–    El aumento del intervensionismo para favorecer la inversión privada reduciendo el riesgo.
Las leyes arancelarias fueron las medidas proteccionistas más importantes para evitar la competencia exterior. Paralelamente, el Estado aprobó una serie de disposiciones para favorecer a algunos sectores. Estas disposiciones consistían en privilegios fiscales, subsidios, etc. Con este apoyo, el Estado aseguraba a los empresarios unos ingresos mínimos, lo que permitió la aparición de sectores tecnológicamente más avanzados. Como contrapartida, la política proteccionista favoreció actitudes que eran poco competitivas.
Las grandes favorecidas fueron la industria siderúrgica y la minería del carbón.

III)  ASPECTOS SOCIALES.

La sociedad española de la época de la Restauración es un fiel reflejo de la situación económica,  ya estudiada en el tema anterior. Se trata de una sociedad desigual, cuya nota más característica es el dualismo campo/ciudad pues, por un lado, existe una sociedad agraria tradicional, prácticamente analfabeta, cuyas pésimas condiciones de vida la harían protagonizar todo tipo de tensiones, tanto sociales como políticas, de las que hacía responsable al sistema liberal; y, por otro, una sociedad urbana, impulsora de cambios, pero también caracteriza por las desigualdades sociales.

Además, se mantuvo el peso de las clases sociales tradicionales (aristocracia, burguesía,
clases medias) frente a una mayoría de clases trabajadoras, al tiempo que las grandes
diferencias de riqueza entre ambas se ahondaron cada vez más.

1.-   Estratificación social.
a)    La clase dirigente.
Continuaba presidida por la oligarquía terrateniente, muy reducida pero a la vez muy pudiente, predominante en Castilla occidental, La Mancha, Extremadura y Andalucía. Al mismo tiempo, adquieren cada vez mayor peso las familias enriquecidas por los negocios. La mayoría son ya de origen burgués, pero los valores que siguen imperando son los de la vieja aristocracia, que mantiene su elitismo, su conservadurismo a ultranza y su respaldo total a los planteamientos más conservadores del catolicismo.
A esta burguesía terrateniente y de negocios se incorporaron de manera definitiva los sectores enriquecidos por la industria y la banca. Entre ellos adquieren especial peso las familias de las burguesías periféricas, especialmente la catalana y la vasca. A partir de 1915 se incorporaron los nuevos ricos industriales, navieros y comerciantes que hicieron fortuna al socaire de los fabulosos negocios propiciados por la guerra europea. La burguesía componía el triángulo formado por los siderúrgicos vascos, los textiles catalanes y los cerealistas castellanos. Eran ellos los que regían la vida política y económica del país. Se trata del llamado eje Bilbao-Barcelona-Valladolid.
Sólo el impacto del Desastre del 98 obligó a los partidos del turno a aceptar una legislación social mínima, que fue conseguida a base de huelgas y presión en las calles por parte de sindicatos y partidos de izquierda.

b)    Las clases medias.
Uno de los aspectos más destacados de la sociedad española de la Restauración es que las clases medias experimentaron un aumento significativo al iniciarse el siglo XX, conforme avanzaba el proceso de urbanización. Durante el primer tercio de este siglo la sociedad española dejó de ser eminentemente rural como resultado del crecimiento de la población urbana. Este crecimiento estuvo acompañado de un importante cambio cualitativo en la estructura social, sobre todo por el aumento del peso de las clases medias. En las ciudades fue configurándose un destacado sector de profesionales liberales, empleados de oficinas, funcionarios…(trabajadores de “cuello blanco”), cuyo prestigio social fue incrementándose paralelamente al crecimiento urbano y a la consolidación del sistema capitalista. Del mismo modo, hay que considerar la emergencia de grupos de intelectuales convertidos en una elite cultural y cívica que fue adquiriendo cada vez mayor relevancia y protagonismo social.
Buena parte de esta clase media se vio muy afectada por la inflación de los años 1914-1918, lo que radicalizó a los sectores más conscientes. A ello contribuyeron el auge de la prensa ajena a los partidos del turno y el papel de los intelectuales, cuya influencia ideológica fue notable. Muchos miembros de la pequeña burguesía giraron, en las primeras décadas del siglo XX, hacia los partidos reformistas y republicanos, aunque en las zonas periféricas se inclinaron más hacia las opciones de carácter nacionalista.

c)  Las clases populares.
Compartían una situación de pobreza extrema y de descontento generalizado que unificaba sus actitudes. El crecimiento urbano, consecuencia del aumento de las fábricas y de la inmigración masiva de jornaleros en busca de empleo industrial, hizo aumentar los contingentes obreros. Al tiempo que crecía su conciencia política y su protesta, empeoraban o se estancaban sus condiciones de vida: interminables jornadas laborales, salarios muy bajos y muy distintos según las ciudades y los sectores, y un paro que se hacía permanente al crecer los barrios obreros mucho más de prisa que el empleo industrial.
Si la situación de los trabajadores industriales era grave, mucho peor resultaba la del campesinado. En el campo se mantenían sistemas de explotación y regímenes de propiedad atrasados y socialmente injustos. El paro estacional y los bajos salarios coincidían con jornadas de sol a sol y con unos precios que permanecían elevados gracias a la política proteccionista del gobierno. El resultado era una alimentación deficiente, carencias higiénicas y sanitarias, miseria y falta de cultura.
Mientras en ambas Mesetas la única salida era la emigración hacia las ciudades o hacia a América, en Andalucía y Extremadura los jornaleros reaccionaron movilizándose y comenzó una época de protestas y revueltas, sobre todo a raíz de las malas cosechas de 1903 y 1905, que trajeron de nuevo el hambre a las familias campesinas.

d)    El Ejército y la Iglesia.
A raíz del Desastre del 98 y sobre todo de la guerra de Marruecos, el Ejército fue cobrando un creciente y renovado protagonismo en la vida nacional. Entre los militares la guerra provocó una división entre los oficiales y jefes africanistas, que consiguieron rápidos ascensos gracias a la guerra, y los llamados peninsulares, que languidecían en los cuarteles con salarios paupérrimos y sin posibilidades de ascenso, máxime cuando los africanistas copaban el escalafón de jefes y generales. De ahí derivó el movimiento juntista. Pero unos y otros coincidían en el sentimiento de frustración que su aislamiento social provocaba: sus ideales chocaban con la mentalidad popular, que acusaba a los militares de las derrotas y despreciaba el talante autoritario de muchos oficiales. Éstos, a su vez, criticaban al régimen parlamentario y a los partidos, culpándolos de los males de la sociedad.
Otro aspecto destacable de los primeros años del siglo XX es el significativo incremento del clero, especialmente el regular. El origen estuvo en la repatriación de numerosos frailes y monjas tras la pérdida de las colonias en el 98, y en la entrada de clero francés tras las duras restricciones impuestas en Francia en la Tercera República. El clero ocupaba posiciones destacadas en la enseñanza y en la asistencia pública, mientras que los conventos se multiplicaron en las ciudades. Entre republicanos y socialistas volvió a reavivarse el anticlericalismo. Las consecuencias se reflejaron en 1909 durante la Semana Trágica, como ya se estudiado.

LA AGITACIÓN SOCIAL.

Llama especialmente la atención en la sociedad española de esta época, el crecimiento de las organizaciones obreras y de su capacidad de movilización. En este proceso tuvo un peso importante la guerra de Cuba y el Desastre del 98, ya que las organizaciones de izquierda se movilizaron contra los gobernantes y contra la guerra. Desde 1902 los conflictos se recrudecieron.
Los sindicatos anarquistas fueron duramente perseguidos por los sucesivos gobiernos, con el pretexto de los numerosos atentados que jalonaron la década de 1890. A pesar de ello, contaban con unos 50.000 trabajadores afiliados hacia 1900. Su implantación creció en Cataluña, Aragón, Levante y Andalucía. En 1910 se creó la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), sindicato anarquista que declaraba la huelga general revolucionaria como instrumento básico de lucha, al tiempo que rechazaba la participación en la vida política. En 1911 fue declarada fuera de la ley, lo que perduró hasta 1914.
La I Guerra Mundial actuó como catalizador de las luchas sociales al ahondar las diferencias entre una oligarquía que se enriquecía gracias a los negocios de la guerra, y unas clases trabajadoras que veían como sus salarios crecían por debajo de los precios, en permanente alza. El resultado fue un aumento constante del número de huelgas y la radicalización en las reivindicaciones, lo que condujo a la huelga general de 1917, como momento culminante del proceso.

a)    Conflictividad campesina.
El problema social por excelencia de este período fue el del campesinado, nacido de un subdesarrollo agrario, tanto por una explotación arcaica de la tierra como por una desigual distribución de la propiedad. Junto a los latifundios, algunos de ellos inmensos, típicos de la España meridional, el minifundio se extendía por la mitad norte de la Península, predominando en Galicia.
Esta desigualdad en el reparto de la propiedad de la tierra tendrá sus consecuencias sociales más graves en las zonas latifundistas, donde aparecerá un proletariado campesino que será el protagonista más destacado de las agitaciones sociales del primer tercio del siglo XX. Ante la situación de miseria, el campesinado no podrá elegir más que dos opciones: colocarse en la industria o emigrar. Una tercera alternativa fue luchar por mejorar sus condiciones de trabajo, cosa difícil de conseguir porque los empleos dependían  del voto, y éste era controlado por los caciques. Esto hizo que los jornaleros desconfiaran de los políticos y se echaran en brazos del anarquismo.
Sin la presencia del campesinado las agitación revolucionaria no habría adquirido las dimensiones que tuvo. La amenaza de una revolución agraria -los jornaleros sentían “hambre de tierras”-  fue la gran preocupación de los políticos. Si bien inicialmente la protesta campesina estuvo relacionada con las malas cosechas, que reducían el empleo de mano de obra y elevaban los precios de los alimentos, con el avance de las organizaciones campesinas la movilización, sin dejar de ser reivindicativa, fue vinculándose cada vez más a la necesidad de una reforma agraria que permitiese el acceso de los campesinos a la propiedad de la tierra.
La huelga campesina revestía caracteres de extrema gravedad, siendo más dramática que la de la industria o la minería porque representaba para el campesinado pasar hambre todo el año. Además, su éxito no estaba asegurado, pues jornaleros procedentes de otras zonas podían boicotearla.

b)    Conflictividad obrera.
El proletariado industrial aumentó considerablemente debido al éxodo del campo a las ciudades y a la progresiva industrialización de ciertas áreas, sobre todo a partir de la I Guerra Mundial. Los núcleos más importantes fueron Cataluña, Vizcaya, Asturias, Madrid y Cartagena.
Las condiciones de vida de los obreros eran durísimas: largas jornadas de trabajo, inseguridad laboral, paro, carencia de seguros de enfermedad, bajos salarios, viviendas insalubres… La huelga se presentaba como un horizonte de mejora, pero con unos costes económicos y jurídicos muy altos.
Al terminar la I Guerra Mundial la situación de los obreros empeoró debido al cierre de las fábricas y a la subida de precios, y ello originó un endurecimiento de la lucha obrera.
Desde 1902 se produjeron numerosas huelgas, y en 1917 hubo una huelga general convocada por CNT y UGT. Los objetivos eran conseguir la jornada de 8 horas, aumentos salariales, o acabar con el sistema capitalista.

IV)    LA CRISIS DE 1917-23: LA AGONÍA DEL SISTEMA CANOVISTA.

Los sucesos de 1917 no consiguieron poner fin al sistema político de la Restauración, que logró sobrevivir a la crisis durante cinco años más. Pero el régimen entró en una progresiva descomposición y desgaste a causa de los nulos deseos de renovación política manifestados por los dirigentes de los partidos dinásticos. Sin embargo, la fuerte fragmentación y debilidad de la oposición no consiguió vehicular una alternativa conjunta. Ante la incapacidad para democratizarse y adaptarse a las exigencias de cambio social, el sistema entró definitivamente en crisis en 1923.
El período 1918-1923 (posguerra mundial) supone el último acto del moribundo sistema constitucional de 1876. En esos años la crisis que se venía fraguando no hizo sino profundizarse hasta extremos gravísimos, hasta culminar en el golpe de Estado de 1923.
En 1918 aparecieron síntomas de crisis económica: despidos, disminución de la producción, reducción salarial, cierre de fábricas… En consecuencia, la conflictividad social se disparó y se multiplicó el número de huelgas. Otro factor que crispó aún más la situación fue la enorme repercusión de la gripe de 1918, que produjo más de 230.000 víctimas. La indignación por la impotencia de los servicios médicos contribuyó a aumentar la tensión social.
Desde 1918 se iniciaron los gobiernos de concentración que caracterizaron el final del período de la Restauración. Las crisis de gobierno fueron continuas y pusieron en evidencia la incapacidad de los partidos para sacar al país del marasmo político. Ningún gobierno alcanzó el año de vida, y a pesar del fraude electoral ninguno de los partidos del turno tuvo la mayoría parlamentaria necesaria para gobernar, por lo que se recurría a los gobiernos de concentración. Se trataba de un intento desesperado por impedir que los partidos no dinásticos adquirieran más poder. Sin embargo, estos gobiernos fueron efímeros y carecieron de autoridad ante el país. Entre 1917-23 hubo 23 gobiernos diferentes. Es decir, la bases que sustentaban al régimen, alternancia en el poder y manipulación electoral, no garantizaban ya la estabilidad política. En este contexto, el Ejército tomó un protagonismo cada vez mayor en la vida política y se presentó como la solución de fuerza capaz de salvar a la Monarquía. La inestabilidad se acentuó y resultaba cada vez más difícil controlar los resultados electorales desde el poder. Además, apenas hubo una verdadera oposición, pues socialistas, republicanos y nacionalistas constituyeron una serie de fuerzas muy fragmentada.
La tensión social iba en aumento y los sindicatos crecieron de forma considerable. El crecimiento de la CNT fue espectacular, llegando a agrupar a 700.000 trabajadores, mientras que la UGT alcanzó los 250.000. El anarcosindicalismo (CNT) logró ahora la plenitud de su desarrollo y constituyó el vehículo fundamental de la protesta obrera. Sus principales representantes fueron Salvador Seguí y Ángel Pestaña. La CNT tuvo una gran capacidad de presión y movilización, y recurrió a la “acción directa” y a la huelga, pero rechazó la acción política. El PSOE revisó su programa en sentido revolucionario, pese a que su acción política, en coalición con los republicanos, venía siendo más reformista que extremista.
Todo el año 1919 estuvo marcado por los conflictos, y la agitación social alcanzó su punto culminante, sobre todo en el campo, donde los anarquistas consiguieron movilizar en masa a los jornaleros andaluces y extremeños en reclamación de tierras. La protesta social en Andalucía prendió con intensidad durante los tres años comprendidos entre 1918 y 1920, denominados por la derecha trienio bolchevique. Las movilizaciones comenzaron por las huelgas, pero acabaron reivindicando la abolición de la propiedad privada. La declaración del estado de guerra, la clausura de las organizaciones obreras y la detención de sus líderes, pusieron fin a la rebelión social andaluza. Por otro lado, en Cataluña estalló una huelga contra La Canadiense, la compañía que abastecía de luz a buena parte de Barcelona. El conflicto, originado por la intención de rebajar empleos y salarios, se agudizó ante la actitud intransigente de la empresa y de las autoridades, que suspendieron las garantías constitucionales. Entonces, los anarquistas declararon la huelga general. La ciudad quedó paralizada y el gobierno claudicó y concedió la subida salarial, la readmisión de los despedidos y la jornada de 8 horas. Pero como no se liberó a los detenidos, la huelga de reprodujo y el gobierno tuvo que dimitir.
El nuevo gobierno conservador de Maura endureció su posición y entonces se desencadenó una lucha cerrada entre los huelguistas y los empresarios, que en noviembre despidieron a 100.000 trabajadores. Poco después surgió en Barcelona el llamado Sindicato Libre, una organización de pistoleros financiada por algunos empresarios, que actuó, con el apoyo de la policía, asesinando a los principales líderes del movimiento obrero barcelonés. Los elementos más radicales del anarquismo respondieron mediante la “acción directa” contra el pistolerismo del Sindicato Libre y contra los dirigentes de la burguesía catalana. Se entró en una espiral de violencia que se extendió a las principales ciudades del país, en una ola sin precedentes. Entre 1919 y 1921 hubo más trescientos atentados, con un balance de 150 muertos, la mayoría obreros . Desde 1921 las autoridades se sumaron a las represalias aplicando la Ley de Fugas para ejecutar a los detenidos. La respuesta anarquista fue el asesinato del presidente Eduardo Dato. También el líder anarquista Salvador Seguí perdió la vida en un atentado en 1923. La actuación de las autoridades fue  denunciada por los diputados socialistas en las Cortes. En palabras del futuro dictador Primo de Rivera, se aplicaba el método de “una redada, un traslado, un intento de fuga y unos tiros”.
El recrudecimiento de la guerra de Marruecos acabó por agotar al régimen. El desastre de Annual fue la gota que colmó el vaso. Annual se convirtió en un serio revés para el Ejército y para los gobiernos, e incluso salpicó a la figura del Rey. El PSOE y los republicanos se beneficiaron de este desprestigio y obtuvieron un significativo ascenso electoral al defender el abandono de Marruecos. Dentro del PSOE se configuró una tendencia más radical que se escindió y formó el Partido Comunista de España (PCE) en 1921, aunque durante la década de 1920 tuvo escasa implantación.

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