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Tema 8 (opcional) Grupos de oposición al sistema de la Restauración

16 enero, 2012

TEMA 8. OPOSICIÓN AL SISTEMA POLÍTICO DE LA RESTAURACIÓN

1.-  La oposición al sistema político de la Restauración.
Durante la Restauración hubo una clara distinción entre los partidos que estaban dentro y fuera del sistema, en función de que aceptaran o no la restaurada monarquía borbónica. Se estableció así una tajante división entre los llamados partidos dinásticos, el Conservador y el Liberal, que fundamentaron la estabilidad política en la alternancia en el poder -garantizada por la manipulación electoral a favor del partido que las convocaba-, y el resto de los partidos. Los perjudicados eran los  partidos no dinásticos, la oposición, que quedaron condenados a no conseguir nunca un número suficiente de diputados para formar gobierno, o para contar con una minoría parlamentaria suficiente como para ejercer de verdadera oposición.

La oposición al sistema, es decir, los partidos no dinásticos, la formaban, por un lado, los carlistas que, aunque monárquicos, no aceptaban la dinastía de Alfonso XII; por otro lado, estaban los republicanos, el movimiento obrero y los emergentes nacionalismos periféricos. A partir de la crisis de 1898, la oposición aprovechó la situación para intentar poner fin a la hegemonía de los partidos dinásticos e intentó movilizar a la opinión pública para desbancarlos definitivamente del poder. Pero del mismo modo, los partidos del turno se movilizaron para reformar desde dentro el sistema y así prolongar su vigencia. La principal fuerza de oposición política fue el republicanismo, que constituyó siempre la minoría parlamentaria más numerosa.

2.-  El republicanismo y sus formulaciones.

a)    Características generales del republicanismo durante la Restauración.
El republicanismo fue el gran vencido por el golpe militar de 1874 que puso fin a la I República y al Sexenio Democrático. A partir de entonces debió enfrentarse al desencanto de buena parte de sus seguidores, a una fuerte represión por parte de las autoridades políticas, y a las divisiones entre las diversas tendencias republicanas.

En realidad, el éxito del sistema de la Restauración es fruto de la debilidad de los grupos republicanos, que quedaron en la clandestinidad y tuvieron que limitarse, en un primer momento, a la mera supervivencia. El gran partido republicano del Sexenio, el Federal, comenzó a desintegrarse tras el golpe de Estado de Pavía. La represión sobre los derechos de reunión, asociación y libertad de expresión durante los primeros años del nuevo régimen acentuó todavía más la debilidad de los republicanos. Algunos como Ruiz Zorrila o Salmerón marcharon al exilio, mientras que los que permanecieron en España vivieron retraídos de la vida política, con la excepción de quienes, como Castelar, acabaron integrándose en el Partido Liberal. Sin embargo, conforme la monarquía alfonsina se fue asentado, los republicanos acabaron por abandonar su retraimiento y comenzaron a presentarse a las elecciones, aunque las posibilidades que ofrecía el sistema electoral eran muy escasas.
Pero el rasgo más característico del republicanismo fue su división interna en multitud de tendencias irreconciliables, por lo que nunca llegó a constituir un partido único. Así, los republicanos se organizaron en diversos partidos que eran grupos reducidos de notables que limitaban su actuación a la época de elecciones en las que obtenían un puñado de escaños. Los diferentes intentos de unidad fracasaron debido a los enfrentamientos ideológicos y personales. En cualquier caso, sus posibilidades de éxito siempre fueron escasas por dos razones:
–    Ya no tenían el respaldo de los sectores obreros, como había ocurrido en el Sexenio, porque ahora se encontraban ubicados en el socialismo o en el anarquismo.
–    Tampoco tenían el apoyo de las clases burguesas periféricas partidarias de la descentralización, pues ahora surgieron los partidos nacionalistas y a ellos dieron su apoyo.
La implantación del republicanismo fue fundamentalmente urbana, con escasa incidencia en el medio rural. Después de la aprobación del sufragio universal, las posibilidades de éxito electoral aumentaron en las grandes ciudades como Madrid, Barcelona o Valencia, gracias a que se presentaron unidos y con candidatos adecuados.

b)    Las tendencias republicanas.
Dentro del republicanismo se dieron las siguientes opciones:
–    Partido Republicano Progresista, encabezado por Ruiz Zorrilla y formado por los núcleos más radicales del republicanismo. Desde un principio, pretendieron acabar con el régimen de la Restauración a través de acciones subversivas y pronunciamientos. Su líder, Ruiz Zorrilla, tuvo que exiliarse cuando se descubrió el intento de organizar un pronunciamiento republicano. Desde París, continuó conspirando sin mucho éxito dado que el régimen de Cánovas había conseguido desactivar el golpismo de los militares, y también porque no contó nunca con un apoyo popular significativo.
–    Partido Republicano Federal, que constituía el grupo más organizado y numeroso. Siguió estando liderado por Francisco Pi y Margall. Defendía el federalismo como base de organización del Estado, frente a los demás partidos que defendían la República unitaria. Era el partido republicano más próximo a la clase obrera, en cuanto que defendía un reformismo social basado en la mejora de las condiciones de los trabajadores y la defensa del derecho de huelga. Sin embargo, no dejaba de ser un partido interclasista y muchos trabajadores fueron abandonándolo para pasarse a las filas del partido socialista, que se presentaba como exclusivamente obrero.

Tras la crisis del 98 se produjo una evolución del republicanismo y los antiguos partidos y los viejos líderes fueron sustituidos por otros. El nuevo republicanismo se caracterizó por ser un amplio movimiento social de carácter reformista, que agrupó a sectores de la burguesía y a amplias capas de las clases populares. Ya en el reinado de Alfonso XIII surgieron nuevos partidos republicanos:
–    Unión Republicana, que era una coalición que intentaba unir al republicanismo alrededor de la figura de Salmerón, llegando a conseguir un éxito notorio en las elecciones de 1903. Sin embargo, las rivalidades internas llevaron al declive de la nueva formación política. Las mayores discrepancias las planteó Alejandro Lerroux, un joven político que había conseguido controlar el republicanismo barcelonés y darle un fuerte impulso, poniendo énfasis en la necesidad de propiciar movimientos insurreccionales a favor de la República y en la necesidad de enfrentarse al catalanismo.
–    Más tarde, Lerroux formó su propio partido, el Partido Radical, que con un discurso anticlerical, demagógico y supuestamente revolucionario, logró influir en amplios sectores de las clases populares barcelonesas. Tras la Semana Trágica perdió buena parte de su influencia, moderó su discurso y su ideario, y se trasladó a Madrid.
–    Otro carácter tuvo el Partido Reformista que logró captar a conocidos intelectuales como el filósofo Ortega y Gasset, o Manuel Azaña. Pretendía ofrecer un programa basado en la democratización de la vida política, pero no consiguió una implantación efectiva ni entre las clases medias ni entre los trabajadores.

3.-  Las organizaciones obreras y campesinas: marxistas y anarquistas.
Con la llegada de la Restauración el movimiento obrero, escindido ya en dos corrientes diferentes  -marxistas y anarquistas-, sufrió una dura represión y sus organizaciones pasaron a la clandestinidad. Más tarde, en 1881, con  los liberales en el poder se consiguió una mayor permisividad y pudieron salir de nuevo a la legalidad y expandirse. Mientras el republicanismo ejerció una oposición exclusivamente política, el movimiento obrero se opuso a todo el sistema.

a)    Las corrientes anarquistas durante la Restauración.
La implantación del anarquismo era notable en Cataluña, Aragón, Valencia y Andalucía, tanto entre los obreros industriales como entre los jornaleros del campo. Desde 1874 el anarquismo vivió en la clandestinidad hasta 1881 en que se recompuso y fundó la Federación de Trabajadores de la Región Española (FTRE), que aumentó notablemente el número de afiliados y desarrolló una acción sindical de carácter reivindicativo optando por la huelga como método fundamental de lucha. Sin embargo, dentro de la organización aparecieron sectores, mayoritariamente los campesinos andaluces, partidarios de la “acción directa”. Es decir, se organizaron grupos revolucionarios autónomos con el objeto de atentar contra los valores básicos del capitalismo: el Estado, la Iglesia y la burguesía. Surgió la Mano Negra, una especie de organización secreta anarquista no vinculada a la Federación que fue acusada de una serie de asesinatos y atentados, lo que condujo a la detención de cientos de personas en la zona de Jerez, Cádiz y Sevilla. Para el Gobierno, la Mano Negra fue la excusa para reprimir a todo el anarquismo, estuviera o no vinculado con la acción violenta. El periodo de entresiglos se caracterizó por una oleada de atentados contra personajes clave de la vida política de la Restauración (Cánovas, Martínez Campos, Alfonso XII), contra la burguesía (bomba del Liceo de Barcelona), o contra la Iglesia (atentado contra la procesión del Corpus Cristi en Barcelona). La represión gubernamental y las diferencias internas debilitaron a la Federación, que en 1888 se disolvió.

El recurso a la violencia fue generalizado en el  anarquismo europeo y también en el español. Sin embargo, el anarquismo no puede ser identificado exclusivamente con el terrorismo, ya que en su conjunto es una doctrina esencialmente pacifista que critica la violencia y tiene su ideal en una sociedad solidaria y libre. Pero también es cierto que en determinados momentos algunos anarquistas se inclinaron por el recurso a la violencia, fundamentalmente por dos razones: la sociedad es opresora y violenta y por tanto recurre a las mismas armas de los opresores; por otro lado, la enorme injusticia de la situación social inducía a ello. La espiral de violencia que se desencadenó en aquella época estuvo basada en la dinámica acción/represión/acción. En este sentido, el acontecimiento clave que dio origen a la primera oleada terrorista fue el intento de asalto a  Jerez en enero de 1892 por parte de unos quinientos campesinos que trataron de hacerse con la ciudad para liberar a unos compañeros presos en la cárcel. El intento fracasó y la represión se extendió a todo el movimiento obrero andaluz, llegando a imponerse cuatro penas de muerte y dieciséis cadenas perpetuas. La respuesta anarquista fue un atentado contra el general Martínez Campos en Barcelona del que salió herido. Más tarde, el autor fue ejecutado, lo que originó que al mes siguiente se produjera el atentado del  Liceo de Barcelona, entidad representativa de la sociedad burguesa. El atentado se produjo durante la representación de una ópera y murieron veintidós personas. Inmediatamente vino una dura represión, que justificó otro atentado, el perpetuado durante la procesión del Corpus en Barcelona, con varias personas muertas y numerosos heridos. La actuación policial se dirigió contra todo el anarquismo de forma brutal, originándose el momento clave de la espiral de violencia: los procesos de Montjuic, que tuvieron  lugar en 1897, siendo ejecutados cinco anarquistas. Poco después se produjo el asesinato de Cánovas por el anarquista italiano Angiolillo, que dijo vengar así a los compañeros torturados en Montjuic.

La proliferación de atentados ahondó la división del anarquismo entre los partidarios de continuar con la “acción directa” y aquellos que defendían una acción de masas. Estos últimos creían que era imposible llevar a cabo la revolución a partir de pequeños grupos de activistas y plantearon la fundación de organizaciones sindicales. Esta nueva tendencia, la anarco-sindicalista, no era partidaria de la acción violenta, inclinándose por la acción colectiva del proletariado a través de la organización sindical. Fue entonces cuando comenzó a tomar cuerpo la creación de un sindicato anarquista con la aparición de Solidaridad Obrera. Más tarde, tras los acontecimientos de la Semana Trágica, se produjo la refundación de este sindicato, que tomó el nombre definitivo de Confederación Nacional del Trabajo (CNT) en 1910. Este nuevo sindicato nació con el objetivo de extender su acción a toda España, logrando una fuerte implantación en Cataluña, Andalucía y Valencia.

La CNT se definía como revolucionaria y presentaba una ideología basada en:
–    La independencia del proletariado respecto a la burguesía y sus instituciones (el Estado).
–    Necesidad de la unidad sindical de los trabajadores.
–    Necesidad de derribar el capitalismo procediendo a la expropiación de los capitalistas y acabando con toda forma de opresión y explotación.
–    La acción revolucionaria debería llevarse a cabo mediante huelgas y boicots hasta llegar a la huelga general revolucionaria.
La evolución de la CNT sufrió notables altibajos. A un periodo expansivo le seguiría otro de represión y clandestinidad, como sucedió entre 1911 y 1914, cuando el sindicato estuvo prohibido.

b)    Las organizaciones socialistas.
La otra tendencia del movimiento obrero fue la marxista, que ya desde la llegada de Paul Lafargue tuvo en Madrid su principal foco. Después de la represión de 1874 los socialistas madrileños se reorganizaron y en mayo de 1879 fundaron el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), liderado por el tipógrafo Pablo Iglesias. El programa del nuevo partido se basaba en un ideario claramente marxista. Resaltaba la necesidad de la participación política de la clase obrera y de la formación de un partido de clase capaz de enfrentarse al régimen político y al sistema capitalista. El programa contenía tres objetivos fundamentales:
–    La abolición de las clases sociales y la creación de una sociedad igualitaria en la que todos fuesen trabajadores libres e iguales, dueños de su trabajo.
–    La transformación de la propiedad privada de los medios de producción, propia del capitalismo, en propiedad social o colectiva. Se consideran medios de producción la tierra, las minas, las fábricas, las máquinas, el capital, etc…
–    La conquista del poder político por la clase trabajadora.
Además de estos objetivos, el programa del PSOE incluía una larga lista de reivindicaciones para mejorar las condiciones de vida del proletariado: derecho de asociación y reunión, libertad de prensa, sufragio universal, jornada de ocho horas, igual salario para hombres y mujeres, etc.
El ámbito de mayor implantación del socialismo fue Madrid, Extremadura y La Mancha, y desde aquí se extendió hacia las zonas mineras de Asturias y el País Vasco. Su crecimiento fue lento pero constante, y desde sus inicios fue un partido de clase, exclusivamente obrero, que pretendía enfrentarse a los partidos burgueses en las elecciones para conquistar el poder. El periódico oficial del partido fue El Socialista, que aunque pasó por muchas dificultades, se convirtió en el instrumento de relación entre los diversos grupos socialistas del país.
Durante un tiempo el PSOE renunció a colaborar con otras fuerzas políticas y obtuvo pocos votos en las elecciones. Pero a partir de 1908 aceptó colaborar con los republicanos, con los que pactó una alianza electoral. Con la coalición republicano-socialista el PSOE entró en el juego parlamentario y en 1910 los socialistas dispusieron de su primer diputado en el Congreso, Pablo Iglesias. A partir de ese momento, el partido conoció un notable incremento de su fuerza electoral y de su influencia en la vida política, al producirse un traspaso de votos del republicanismo al socialismo, sobre todo en las ciudades.
En 1888 los socialistas fundaron el sindicato Unión General de Trabajadores (UGT), cuya función era reivindicativa, es decir, consistía en la defensa de los trabajadores en la sociedad capitalista, y los medios para ello serían la negociación, las demandas al poder político, y la huelga. Tenía los mismos planteamientos ideológicos que el PSOE, pero mientras que éste era el instrumento para la acción política, el sindicato lo sería para las exigencias laborales.

4.- Regionalismos y nacionalismos.
Uno de los fenómenos más destacados de la época de la Restauración fue el nacimiento de los regionalismos y nacionalismos periféricos, particularmente en Cataluña y el País Vasco, y en menor medida en Galicia, Andalucía y Valencia.
Hasta ahora, la reivindicación nacionalista se había canalizado, en el caso de la tendencia más conservadora, a través del carlismo, en tanto que hacía una defensa de los fueros. El nacionalismo más progresista, en cambio, se canalizó a través del republicanismo federal.
Durante la Restauración, debilitados el carlismo (derrotado en 1876) y el republicanismo, surgen los movimientos nacionalistas como respuesta a las pretensiones centralistas y uniformadoras del Estado liberal, que intentó imponer una cultura oficial castellanizada ignorando la existencia de otras lenguas y culturas. Efectivamente, el liberalismo conservador creó un Estado que daba por supuesta la “unidad nacional” y no tenía en cuenta las particulares realidades regionales, que quedaron sin reconocer al establecerse la división territorial basada en las provincias.
Por otra parte, la debilidad de las comunicaciones de la España del XIX impidió la cohesión nacional y perfiló un país de comarcas mal comunicadas y poco integradas entre sí.
Los nacionalismos periféricos fueron siempre manifestaciones de la mediana y pequeña burguesía, que intentaban recuperar su identidad nacional mediante la defensa de sus particularidades históricas frente al unificador Estado liberal. La alta burguesía de la Restauración, sin embargo, estuvo vinculada a los intereses de la política oficial y colaboró con el Estado, obteniendo a cambio un proteccionismo especial para sus negocios.

a)    El catalanismo.
Hacia 1830, dentro del contexto cultural del Romanticismo, surgió en Cataluña un amplio movimiento cultural y literario conocido como la Renaixença, cuya finalidad era la recuperación de la lengua y de las señas de identidad de la cultura catalana, pero carecía de proyectos políticos, siendo sus objetivos puramente culturales en relación con Cataluña.
Más tarde, durante la Restauración, surgió el catalanismo político de la mano de Valentí Almirall, quien unificó las dos corrientes destacadas del catalanismo, la republicana y progresista, y la apolítica y conservadora. Almirall defendía la necesidad de fomentar las costumbres tradicionales de Cataluña y reivindicaba las “divisiones naturales” frente a las provincias o “divisiones artificiales” surgidas del uniformismo liberal. Se trataba de un planteamiento autonomista, pero no independentista.
Por otro lado, un grupo de intelectuales conservadores contrarios al progresismo de Almirall, formaron su propia organización que defendía la autonomía de Cataluña, pero respetaba a la Monarquía.
En 1891 el grupo de Almirall y el de los conservadores se unieron gracias a los esfuerzos de Prat de la Riba  y crearon la Unió Catalanista, una federación de entidades nacionalistas catalanas. En su primera asamblea, celebrada en Manresa en 1892, sentaron las bases del catalanismo. Las Bases de Manresa constituyen el punto de partida del nuevo nacionalismo catalán, basado en:
–    Creación de una España confederal en la que las distintas regiones gozasen de autogobierno y tuviesen sus propias instituciones y leyes. No plantea, por tanto, ni la separación ni la lucha contra el Estado español.
–    Oficialidad del catalán.
–    Restablecer las antiguas instituciones catalanas.
Durante el reinado de Alfonso XIII el catalanismo adquirió mayor relevancia y jugó un papel activo en la vida política.
A partir de la crisis de 1898 el nacionalismo catalán conoce una etapa de madurez y expansión entre los distintos sectores de la burguesía, cava vez más alejada de los partidos dinásticos y más próxima al regionalismo. Fue así  como en 1901 nació un partido político, la Lliga Regionalista, que tuvo entre sus líderes a Enric Prat de la Riba y Francesc Cambó. La Lliga presentó un programa político conservador, centrado en la lucha contra el corrupto sistema de la Restauración y a favor de la autonomía política de Cataluña. A partir de 1901 la Lliga obtuvo importantes éxitos electorales y llegó a convertirse, en las primeras décadas del siglo XX, en la fuerza política hegemónica de Cataluña. Desde 1906 formó una coalición electoral con otros grupos catalanistas que arrasó en las elecciones de 1907, lo que comportó el fin del turno dinástico en Cataluña y la consolidación del catalanismo como fuerza política más importante en esta región. Su logro político más destacado fue la creación de la Mancomunidad de Cataluña, organismo que unía a las cuatro provincias catalanas para asuntos comunes de carácter administrativo.

b)    El nacionalismo vasco.
El nacionalismo vasco fue diferente al catalán, ya que no se formó a partir de una burguesía moderna. Se fraguó en la segunda mitad del siglo XIX a partir de una corriente de recuperación de la cultura vasca. Pero fue la abolición de los fueros (1876) tras la última guerra carlista, la que originó el nacimiento de una corriente que defendía la restitución de los mismos.
Por otro lado, el proceso de industrialización del País Vasco favoreció una fuerte inmigración de personas procedentes de otras regiones españolas, que supuso una ruptura de la sociedad tradicional vasca. Como reacción, se fortaleció una corriente de defensores de la lengua y la cultura vascas, contraria al proceso de españolización provocado por la llegada de trabajadores de otras zonas del país.
Fue en este contexto en el que Sabino Arana, recogiendo la tradición foralista y de defensa de la cultura vasca, formuló los principios que dieron origen la nacionalismo vasco e impulsó la fundación del Partido Nacionalista Vasco (PNV) en 1895. Los principios ideológicos de Arana eran:
–    Creencia en la idea de que el pueblo vasco es un pueblo “diferente” en cuanto a raza, lengua y religión (catolicismo tradicional).
–    Defensa de las antiguas instituciones forales como vía para conseguir la plena soberanía, la independencia del País vasco.
–    Mantenimiento de actitudes antiespañolistas.

Arana tenía una visión tradicionalista y antiliberal de la sociedad. Así, el nacionalismo vasco atacaba tanto a la clase dirigente vasca, considerada responsable de la destrucción de la sociedad tradicional al favorecer el proceso industrializador, como al socialismo obrero, considerado perturbador del orden social y extraño a la tradición vasca, dado su arraigo entre los inmigrantes. Mientras el nacionalismo vasco mantuvo esta postura radical no consiguió extenderse en el seno de la sociedad vasca, de manera que para contar con el apoyo de la burguesía moderna e industrial el discurso aranista fue moderándose y abandonando sus postulados independentistas para pasar a defender la autonomía.
El principal marco de acción política del PNV fue el propio País Vasco, centrando sus esfuerzos electorales en el control de los Ayuntamientos y las Diputaciones, pero sin tomar parte en las elecciones generales españolas.
Desde la muerte de Sabino Arana convivieron dentro del partido dos tendencias, la independentista y la autonomista.

c)    El galleguismo.
La sociedad gallega, a diferencia de la catalana y la vasca, seguía siendo eminentemente rural, con una débil burguesía frente a las clases dominantes tradicionales. A mediados del siglo XIX se inició una corriente galleguista, a partir del movimiento romántico centrada en la lengua y la cultura gallegas, pero sin tener un carácter político. Durante la Restauración el galleguismo consiguió un apreciable desarrollo cultural, pero no logró consolidarse como fuerza política ya que los grupos regionalistas gallegos acabaron integrándose en los partidos dinásticos.

d)    Regionalismo andaluz.
El andalucismo comenzó a caminar a partir de los movimientos cantonalistas de 1873, fecha que para algunos constituye el punto de partida de la creación de una conciencia andaluza en el marco de una República Federal.
Más tarde, en el primer tercio del siglo XX, se consolidó un andalucismo culturalista alrededor del Ateneo de Sevilla, con el que llegó a colaborar el propio Blas Infante. En el contexto del Ateneo, los andalucistas tomaron conciencia de la situación dependiente y periférica de Andalucía y trataron de remediar su miseria política, económica y cultural. Concebían a Andalucía como una región con una personalidad bien definida y capaz de ser independiente, pero sin cuestionar la unidad de España, sino la uniformidad artificial de ésta. Los ateneístas pretendieron definir la esencia del pueblo andaluz y buscaron en la historia los momentos en que había destacado el esplendor de Andalucía para convertir la pasada grandeza en la meta a alcanzar en el presente.
Entre 1916-1923 se configuró plenamente el andalucismo regionalista en torno a la figura de Blas Infante, quien se fue distanciando del ambiente excesivamente culturalista y poco comprometido del Ateneo. En su libro El ideal andaluz expuso su visión del pueblo andaluz. Infante encabezó un grupo de andalucistas que se propusieron no sólo difundir la idea de una identidad andaluza, sino también la movilización del pueblo andaluz para la solución de problemas existentes, como el paro y el analfabetismo. Para conseguir esos objetivos se crearon los centros andaluces.
La preocupación fundamental de los regionalistas andaluces fue la situación del campesinado, por lo que centraron sus preocupaciones en la política agraria. Proponían una reforma del campo andaluz basada en el colectivismo agrario.
El programa político y económico del andalucismo se definió en las Asambleas de Ronda y de Córdoba. La de Ronda (1918) se planteó como fin que Andalucía dejara de ser la tierra del hambre y de la incultura, y que el Estado español adoptara una forma confederal. Se establecieron también los símbolos de la nacionalidad andaluza: la bandera, el escudo y el himno. La Asamblea de Córdoba exigió el autogobierno y acordó un programa económico basado en la petición al gobierno de una reforma agraria centrada en el colectivismo.
Poco después, la proclamación de la Dictadura provocó una crisis del andalucismo, se clausuraron los centros andaluces y desapareció la prensa andalucista.
Como balance del regionalismo andaluz cabe destacar el escaso apoyo popular, ya que no salió de los límites de la pequeña burguesía. Era difícil llegar a un nacionalismo que uniera los distintos grupos sociales por encima de sus diferencias de clase. La burguesía andaluza estuvo vinculada al gobierno central, mientras que los jornaleros andaluces se identificaron con posturas ideológicas más radicales como el anarquismo, contrario a la acción política. Por otro lado, no se logró la creación de un partido político andalucista y se permaneció al margen de la participación política.

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