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Tema 7. La Restauración y la Crisis del 98

12 diciembre, 2011

TEMA 7. LA RESTAURACIÓN Y LA CRISIS DEL 98

I) LA RESTAURACIÓN

1.-  Introducción.

La Restauración constituye un largo período de la historia contemporánea de España que se extiende desde 1874, cuando se produce el pronunciamiento de Martínez Campos, hasta 1923 en que Primo de Rivera dio el golpe de Estado. Dentro de ella se pueden distinguir dos etapas:

–        Desde 1874 a 1902, que a su vez se divide en dos fases:

. El reinado de Alfonso XII (1875-1885),

. La regencia de Mª Cristina, madre de Alfonso XIII.

–        Desde 1902 a 1923, etapa correspondiente al reinado de Alfonso XIII.

El período se inauguró con la restauración de la dinastía borbónica en la persona de Alfonso XII tras el fracaso del Sexenio Democrático. En líneas generales la etapa de la Restauración se caracterizó por:

–        Establecimiento de un modelo conservador controlado en lo político, en lo social y en lo económico por una reducida oligarquía, la gran burguesía.

–        Estabilidad constitucional y política. La Constitución de 1876 estuvo vigente durante todo el período, y el relevo en el poder de los partidos se hizo de forma pacífica. El Ejército permaneció alejado de la vida política, sin protagonizar pronunciamientos que provocaran cambios de gobierno como había sucedido en épocas anteriores.

–        En cierta medida, esta estabilidad descansaba sobre unas bases poco democráticas, el caciquismo  y el fraude electoral, elementos que posibilitaron la alternancia política en el poder de los dos partidos más destacados: el conservador y el liberal.

–        Modernización económica y consolidación del sistema capitalista.

–        Aparición de fenómenos de gran trascendencia como la expansión del movimiento  obrero, el nacimiento de nuevos movimiento políticos (los nacionalismos periféricos), y la crisis por la pérdida de las últimas colonias en 1898.

2.- Fundamentos políticos del sistema de la Restauración.

a)     El retorno de los Borbones.

Tras el golpe de Estado del general Pavía en 1874, se estableció un régimen militar bajo la presidencia del general Serrano, que en realidad fue una dictadura personal. Serrano concentró su esfuerzo en el restablecimiento del orden, mientras que los grupos burgueses y las clases medias se iban incorporando a la causa alfonsina, liderada por Antonio Cánovas  del Castillo. El príncipe Alfonso dirigió desde la academia militar de Sanhurst (Inglaterra) un manifiesto a la nación (Manifiesto de Sanhurst), en el que garantizaba una monarquía dialogante, constitucional y democrática. Así es como Cánovas preparaba la vuelta a la Monarquía de manera pacífica y sin intervención militar. Pero el general monárquico Martínez Campos se le adelantó y protagonizó en Sagunto un pronunciamiento a favor de la Monarquía. Aunque disgustado, Cánovas aceptó esta medida y comunicó a Alfonso XII su proclamación como Rey.

b)     El proyecto político de Cánovas.

Es habitual atribuir a Cánovas la inspiración del sistema político de la Restauración, basado en la continuidad histórica, en las soluciones de compromiso y en la alternancia en el poder de los partidos liberales. Proclamado Alfonso XII, el poder y la autoridad recayó en Cánovas, quien se convirtió en el hombre adecuado en el momento preciso. Su proyecto político se plasmó en la Constitución de 1876 y en la formación de dos nuevos partidos, el conservador y el liberal.

Tras el fracaso de los distintos sistemas políticos que se sucedieron durante el Sexenio Democrático, Cánovas creía que era preciso salvar las instituciones liberales  de la amenaza que suponían tanto el carlismo como la dictadura militar. Por ello, era necesario llegar a un consenso entre los partidos liberales y establecer unos principios básicos sobre los que asentar la convivencia pacífica.

Para Cánovas las naciones tenían características propias, que en el caso de España era la existencia de dos instituciones, la Monarquía y las Cortes, en torno a las cuales debía construirse el nuevo sistema político. Estaba convencido de las raíces históricas de estas instituciones. Para él la Monarquía era consustancial a la historia de España y el pilar básico en que se asentaba el país. Por esta razón, debía recuperar el prestigio perdido durante el reinado de Isabel II. Otorgaba a la Corona un papel protagonista en la vida política, dotándola de amplias competencias y otorgándole la soberanía compartida.

Además, había que añadir otra dos cuestiones: una Constitución en la que estuvieran de acuerdo los partidos monárquicos, y la alternancia en el poder de estos partidos.

Por otro lado, Cánovas pretendía “civilizar” la política, excluyendo de ella a los militares mediante la sustitución del pronunciamiento por el acuerdo entre los partidos para la alternancia pacífica en el poder. Esta alternancia no debía ser fruto de la voluntad de los electores, sino de la voluntad del Rey, convertido así en árbitro de la vida política. De esta manera, la Corona quedaba constituida en la pieza clave del ejercicio de la soberanía.

Cánovas quería conseguir una Constitución duradera, que permitiese gobernar a partidos distintos y que acabara con el pronunciamiento como vía para tomar el poder. El Ejército debía volver a los cuarteles y los generales abandonar la política, para que el acceso al gobierno se hiciera pacíficamente por parte de los partidos integrados en el sistema. Efectivamente, Cánovas logró un sistema político civil, ajeno a la actuación de los militares.

c)     Las bases del sistema: Constitución y partidos.

Cánovas impuso su criterio favorable a la elaboración de una nueva Constitución que tuviera carácter integrador.

La Constitución de 1876 recoge su proyecto político  y tiene carácter conservador. Pretendía ser una síntesis de los textos constitucionales de 1845 y de 1869. Se convirtió en la Constitución de más larga vigencia en la historia del España y, como las anteriores, recoge un modelo unitario y centralizado del Estado, llevado todavía más lejos con la abolición de los fueros vascos por la ley de 1876.

–        Del texto de 1845  toma su piedra angular: la soberanía compartida entre el Rey y las Cortes.

–        De la Constitución de 1869 conserva la amplia declaración de derechos, pero su concreción se remite a las leyes ordinarias y éstas, en su mayor parte, tendieron a restringirlos, especialmente los derechos de imprenta, de expresión, de asociación y de reunión.

–        El poder legislativo corresponde a las Cortes y al Rey. La Corona tiene la potestad de disolver las Cámaras, en cuyo caso debe convocar nuevas elecciones.

–        Las Cortes son bicamerales. El Senado está compuesto por tres tipos de senadores: por derecho propio (personajes notables de la nobleza, el clero, el Ejército, etc…), por designación real, y los elegidos por las corporaciones y los mayores contribuyentes. Los diputados del Congreso son elegidos por sufragio directo, pero no se fija el sistema de votación, siendo el partido gobernante el que decida, a través de la ley electoral, si el sufragio debe ser censitario o universal.

–        El poder ejecutivo recae en los ministros, los cuales responden ante las Cortes. El Rey elige libremente al jefe de gobierno y no es responsable ante las Cortes.

–        El poder judicial es independiente.

–        La cuestión religiosa fue la más debatida. Se solventó mediante el reconocimiento de la confesionalidad católica del Estado y la garantía del sostenimiento del clero y el culto. A cambio, se establecía la tolerancia para las demás religiones, a las que se permitía el culto privado. Ello suponía un retroceso  respecto a la libertad religiosa del Sexenio Democrático.

Los partidos políticos.

El funcionamiento del sistema de la Restauración tal como Cánovas lo preveía se basaba en la existencia de unos partidos de talante liberal que aceptaran las reglas establecidas en la Constitución. En la práctica, fue un sistema bipartidista ya que sólo dos partidos, el Conservador de Cánovas y el  Liberal de Sagasta, ejercieron el poder. Se trataba de una copia del modelo bipartidista británico admirado por Cánovas, y quedaban fuera del juego político los partidos no dinásticos, es decir, los republicanos y los carlistas. Ambos partidos dinásticos debían aceptar turnarse pacíficamente, cediendo el poder cuando perdiesen la confianza del Rey o de las Cortes, y respetando la obra legislativa de sus antecesores. Tanto uno como otro partidos coincidían en los principios básicos del sistema: defensa de la Monarquía, de la Constitución, de la propiedad privada, del sistema capitalista, y del Estado liberal  unitario y centralista. Se trataba de partidos minoritarios compuestos y controlados por la clase propietaria surgida de la revolución liberal y por elementos de las clases medias.

El Partido Conservador se organizó durante la época del Sexenio Democrático en torno a su líder, Antonio Cánovas del Castillo, como el heredero de los antiguos liberales “moderados” y “unionistas”. Fue ganando fuerza entre quienes deseaban la vuelta al orden y aglutinó a los sectores más conservadores y tradicionales de la sociedad, a excepción de los carlistas y los moderados más recalcitrantes. Es decir, aglutinó a los sectores aristocráticos, los grandes terratenientes y la alta burguesía. Era más proclive que el Partido Liberal al inmovilismo político y a la defensa de la Iglesia y del orden social.

El Partido Liberal estuvo liderado por Práxedes Mateo Sagasta y se encontraba a la izquierda del Conservador. En él confluyeron antiguos progresistas, algunos unionistas y ex-republicanos moderados. Al igual que el partido Conservador, se nutría de las élites económicas y de la clase media acomodada, aunque con mayor número de profesionales liberales, comerciantes e industriales. Estaban más inclinados hacia un reformismo progresista y laico, aunque en la práctica no diferían mucho de los conservadores.

En definitiva, el carácter de los partidos que ejercieron el poder marcó el sistema de la Restauración de un tinte conservador. Los que ejercieron el poder estuvieron interesados en la defensa del orden social y de la propiedad, y en el mantenimiento de la Monarquía como garantía de estabilidad y de  unidad de la patria. Reaccionaron contra el Sexenio, pero comprendieron que no se podía volver al sistema isabelino y que eran precisos cambios en las formas para que en el fondo el sistema político siguiera garantizando el orden social.

3.-  Funcionamiento del sistema de la Restauración.

a)     El turno pacífico de partidos.

La base del sistema era la alternancia en el gobierno de los dos partidos dinásticos mediante el turno organizado: gobierna primero uno de ellos y al cabo de un tiempo deja el poder al otro. Para ello se hace preciso un acuerdo entre ambos con el objetivo de asegurar la estabilidad política. El turno quedaba garantizado porque el sistema electoral invertía los términos propios de un esquema parlamentario y democrático, en el que la fuerza política más votada recibe del Rey el encargo de gobernar. Durante la Restauración, cuando el partido que estaba en el gobierno sufría un proceso de desgaste y perdía la confianza de las Cortes, el monarca llamaba al jefe del partido de la oposición a formar gobierno. Entonces, el nuevo jefe de gobierno convocaba elecciones con el objetivo de constituirse una mayoría parlamentaria suficiente para ejercer el poder de manera estable. El fraude en los resultados electorales y los mecanismos caciquiles  aseguraban que las elecciones fuesen siempre favorables al gobierno que las había convocado.

b)     La manipulación electoral y el caciquismo.

La alternancia en el gobierno fue posible gracias a la manipulación electoral: compra de votos, falsificación de actas electorales, presión sobre el electorado por parte de determinados individuos con poder e influencia (caciquismo), etc… Esta manipulación estaba pactada entre los partidos dinásticos, que organizaban la maquinaria electoral pertinente para obtener los resultados programados de antemano. En primer lugar, se practicaba lo que se ha llamado el encasillado, consistente en que el ministro de la Gobernación elaboraba la lista de los candidatos que “deberían” ser elegidos para formar unas Cortes donde tuviera mayoría el partido del gobierno. Estos “candidatos” tenían prácticamente ganada la elección antes de que se realizara. La lista se la transmitía el ministro a los gobernadores civiles, y éstos a su vez a los alcaldes y caciques para que amañaran su elección. Es decir, se practicaba el caciquismo, consistente en que los caciques, individuos con poder económico o con influencia política y social en su entorno, sobre todo en las zonas rurales, controlaban las elecciones gracias a que buena parte de la población estaba supeditada a sus intereses, ya que ellos  controlaban los Ayuntamientos, hacían certificados, proporcionaban puestos de trabajo, etc… Así, los caciques con sus “favores” agradecían la fidelidad electoral y el respeto a sus intereses. En definitiva, al ser los personajes más influyentes de la localidad, actuaban como agentes políticos encargados de recopilar los votos y amañar las elecciones para que el correspondiente diputado “encasillado”  u oficial las ganase. A cambio de votos, ellos concedían favores. Hacían de intermediarios entre el Estado y los electores.

Por otro lado, existía también todo un conjunto de trampas electorales conocidas como “pucherazo” y que consistía en adulterar los resultados electorales para conseguir la elección del candidato gubernamental mediante la falsificación del censo (incluir a personas fallecidas, excluir a personas vivas,…), la manipulación de las actas electorales, u otros procedimientos. De esta manera, el pucherazo lograba cambiar el resultado real del recuento de votos por otro más satisfactorio para el candidato oficial.

4.-  Evolución política de la Restauración.

a)     Desde el inicio hasta la muerte de Alfonso XII  (1874-1885).

A lo largo de 1874 los esfuerzos del gobierno de Cánovas se centraron en poner fin a los conflictos pendientes: la guerra carlista y la guerra de Cuba. La primera acabó en 1876, lo que permitió concentrar todas las fuerzas económicas y militares en las insurrección cubana, que terminó en 1878 con la firma de la Paz de Zanjón.

A partir de la aprobación de la Constitución de 1876, la acción del gobierno canovista se centró en la construcción de un Estado centralista y unitario, en base a unas reformas administrativas como la abolición de los fueros vascos y la reorganización de Ayuntamientos y Diputaciones Provinciales, que quedaron bajo el control gubernamental.

Se estableció la censura de prensa para controlar la opinión pública. Se consideraba delito cualquier crítica a la Monarquía o al sistema político y llegaron a cerrarse muchos periódicos de la oposición.

Se estableció un sufragio censitario muy restrictivo que sólo permitía votar al 5% de la población.

A partir de 1881 el partido Liberal formó gobierno y Sagasta tomó medidas para restablecer la libertad de expresión,  pero no se atrevió a restituir el sufragio universal.

b)     La regencia de Mª Cristina (1885-1902).

En 1885 murió Alfonso XII y se creó una situación de riesgo para la estabilidad política. Quedó como regente su segunda esposa, Mª Cristina, embarazada por tercera vez y con dos hijas menores de edad. Meses después nacería el futuro Alfonso XIII. Esta situación llevó a los dos líderes, Cánovas y Sagasta, a establecer un acuerdo: se comprometieron a apoyar la regencia y a respetar el turno en el gobierno. Esto se plasmó en el llamado Pacto de El Pardo, que fue decisivo para garantizar la estabilidad, pero  contribuyó a agudizar la corrupción política y electoral.

Durante la regencia, conservadores y liberales se alternaron pacíficamente en el gobierno. Con los gobiernos del liberal Sagasta se aprobaron diversas leyes que produjeron cierta democratización del sistema: libertad de imprenta, libertad de asociación, restablecimiento del juicio por jurados y, sobre todo, del sufragio universal en 1890 (pero quedaba desvirtuado por la manipulación electoral).

II) EL DESASTRE DEL 98.

1.- Introducción.

Tras la pérdida de la América continental a principios del siglo XIX, el imperio colonial español quedó reducido a dos grandes islas del Caribe, Puerto Rico y Cuba, y en el Pacífico las islas Filipinas más un conjunto de islotes y pequeños archipiélagos dispuestos por este océano.

Cuba y Puerto Rico, situadas cerca de EE.UU., tenían una economía basada en la agricultura de exportación, con el azúcar de caña y el tabaco como principales productos. Aportaban a la economía española un flujo continuo de beneficios, debido a las fuertes leyes arancelarias que España les imponía. Las dos colonias estaban obligadas a comprar las carísimas harinas castellanas y los textiles catalanes, pero no podían exportar sus productos a Europa, ni tenían capacidad de autogobierno.

En 1895 se produjo un levantamiento independentista en Cuba, y un año después en Filipinas, que acabó convirtiéndose en una guerra hispano-norteamericana por la que España perdió sus últimas colonias tras ser derrotada militarmente. Al conjunto de estos acontecimientos se le ha dado el nombre de Desastre del 98, ya que originó una fuerte crisis nacional que dio paso a una nueva etapa de la historia de España.

2.- Causas de la insurrección cubana.

La Guerra de los Diez Años (1868-1878), primer levantamiento independentista cubano, acabó con la Paz de Zanjón, que estableció la asimilación de Cuba a la metrópoli como una provincia más, igual que Puerto Rico. Pese a lo acordado, el gobierno español retrasó la concesión del autogobierno y no realizó reformas que contentasen a los independentistas. La única medida que se tomó fue la abolición de la esclavitud en 1886.

La Guerra de los Diez Años tuvo dos consecuencias fundamentales: impulsó el nacionalismo cubano y favoreció la penetración económica de EE.UU. en la isla. La política española en Cuba fue reacia a introducir reformas políticas, y cuando se hicieron fueron demasiado tímidas y llegaron demasiado tarde, lo que llevaría a los cubanos a la guerra como única forma de obtener la independencia. Por otro lado, la necesidad de reconstruir la isla tras la guerra fue una ocasión aprovechada por los capitalistas norteamericanos para realizar inversiones en Cuba. Además, dentro de los planes de EE.UU. estaba el control del Caribe, para lo que era necesario desplazar a España del área como potencia de segundo orden. Los políticos norteamericanos eran partidarios de la independencia cubana porque ello significaría la explotación de las riquezas de la isla en exclusiva. Por esta razón, el apoyo a los independentistas cubanos fue continuo.

Las tensiones entre la colonia y la metrópoli aumentaron debido a los fuertes aranceles proteccionistas que España imponía para dificultar el comercio entre Cuba y los EE.UU., el principal comprador de productos cubanos. Una ley de 1891 reforzó los aranceles para los productos norteamericanos, la cual provocó un gran malestar tanto en la isla como en EE.UU., cuyo presidente amenazó con prohibir las importaciones de azúcar y tabaco cubanos.

3.- La guerra de Cuba.

El protagonista de la revuelta independentista que estalló en 1895 fue el Partido Revolucionario Cubano, fundado por José Martí quien, junto con Máximo Gómez y Antonio Maceo, dirigieron la guerra contra España. La sublevación se inició en la parte oriental de la isla desde donde se extendió a la occidental, tradicionalmente menos rebelde. El Gobierno, presidido por Cánovas, respondió enviando un ejército a Cuba al mando de Martínez Campos, para que, junto a las acciones militares, llevara a cabo una política de mediación que por una serie de acuerdos pusiera fin a la guerra. La falta de éxitos militares decidió el relevo de Martínez Campos por el general Valeriano Weyler, quien introdujo un cambio radical en la estrategia española con el empleo de métodos más contundentes y represivos para evitar el apoyo de la población civil a los guerrilleros. La ofensiva fue acompañada de la creación de campos de concentración para los campesinos, destrucción de cosechas, etc… Desde un punto de vista humano, estas medidas ocasionaron un elevado coste en vidas, tanto entre la población civil como entre los soldados. Además, la guerra provocó la destrucción plantaciones, vías férreas y otras estructuras, de manera que la economía cubana se resintió notablemente.

En estas circunstancias, se produjo el asesinato de Cánovas en 1897 y Sagasta tuvo que hacerse cargo del Gobierno. El nuevo gobierno liberal intentó a la desesperada dar una salida pacífica al conflicto. Relevó al general Weyler y puso en marcha un amplio proyecto de autonomía para Cuba. Pero estas reformas llegaron demasiado tarde, pues EE.UU. estaba ya abiertamente decidido a intervenir en el conflicto y prestaba su apoyo a los líderes independentistas. Además, la opinión pública norteamericana, influida por las campañas de ciertos periódicos, presionaba a favor de la guerra y contra el colonialismo español.

El pretexto para declararle la guerra a España fue la explosión y posterior hundimiento del Maine, un buque de guerra norteamericano anclado en el puerto de La Habana. La causa de la explosión, que costó 266 vidas, es todavía desconocida, pero estudios recientes la atribuyen a un accidente fortuito. Sin embargo, el informe oficial norteamericano responsabilizó a España y lo consideró un ataque. En un primer momento, el gobierno de Washington propuso la compra de la isla a España por 300 millones de dólares, oferta que fue rechazada por el gobierno español. Ante esto, EE.UU. lanzó un ultimátum que amenazaba con la guerra si España no renunciaba a la soberanía  sobre la isla. La guerra era inevitable y la derrota segura, dada la superioridad militar de los EE.UU.

La guerra fue breve y contundente, y se decidió en el mar. La anticuada flota española, al mando del almirante  Cervera, fue literalmente barrida en Santiago de Cuba por la armada norteamericana, mucho más potente y destructiva. Poco después, los norteamericanos desembarcaron en Guantánamo (Cuba) y también en Puerto Rico.

4.- La pérdida de Filipinas.

El otro escenario de la guerra fueron las islas Filipinas, aunque jugaron un papel secundario. Coincidiendo con la insurrección cubana, se produjo otra en Filipinas (1896-97), donde la presencia española era más débil que en el Caribe. El levantamiento filipino fue también duramente reprimido por el general Polavieja y su principal dirigente, José Rizal, acabó siendo ejecutado. La intervención de EE.UU. propició un nuevo alzamiento. La armada norteamericana destrozó a la flota española en la batalla de Cavite, y más tarde Manila fue conquistada sin resistencia alguna.

5.- El tratado de paz.

En diciembre de 1898 se firmó la Paz de París por la que España reconocía la independencia de Cuba, y cedía a los EE.UU. Puerto Rico, Filipinas y la isla de Guam (en el archipiélago de las Marianas). En todos los territorios no mencionados, España conservaba la soberanía. Se trataba de los archipiélagos del océano Pacífico: la islas Marianas (excepto Guam), las Carolinas y las Palaos. Este patrimonio fue cedido a Alemania en 1899 a cambio de 15 millones de dólares. Fue el último acto de la pérdida del imperio español.

6.-  Las consecuencias del “desastre”: la crisis del 98.

La pérdida de las colonias forma parte de un proceso de distribución colonial que benefició esencialmente a EE.UU., Inglaterra y Alemania, convertidas así en las grandes potencias coloniales. España quedó relegada a un papel secundario en el contexto internacional en un momento en que las nuevas potencias estaban construyendo inmensos imperios en Asia y en África.

Las guerras de 1895-98 acarrearon importantes pérdidas humanas, lo que conmocionó profundamente a la sociedad española, sobre todo a las familias pobres cuyos hijos habían sido enviados a las colonias por no poder pagar la cantidad fijada para ser excluidos de las quintas. Además, hay que tener en cuenta las repercusiones morales que ocasionaron los soldados que retornaban heridos, hambrientos o enfermos.

Las pérdidas económicas no fueron, sin embargo, excesivas a pesar de la pérdida de los mercados coloniales protegidos y de los bajos precios con que se compraban mercancías como el azúcar, el cacao o el café. Por otro lado, se produjo una repatriación importante de capitales que tuvo un efecto positivo en la economía española, al orientarse hacia las inversiones nacionales.

La crisis política resultó inevitable y ocasionó el desgaste de los dos partidos del turno, el Liberal y el Conservador, produciéndose un relevo generacional entre sus líderes. Las críticas contra el sistema de la Restauración arreciaron y se hicieron especialmente duras.

Más grave fue el desprestigio militar derivado de la dureza de la derrota, lo que puso en evidencia que el Ejército no estaba preparado para un conflicto como el ocurrido, a pesar de las quintas y de los sacrificios humanos. Su imagen salió considerablemente dañada, aunque en último extremo la responsabilidad fue más política que militar.

Por otro lado, se produjo una expansión de los movimientos nacionalistas en el País Vasco y Cataluña, donde la burguesía industrial tomó conciencia de la incapacidad de los partidos dinásticos para renovar la política y empezó a apoyar a los partidos nacionalistas, que prometían una política nueva y modernizadora del Estado.

Por último, el Desastre dio cohesión a un grupo de intelectuales conocido como la Generación del 98, caracterizada por un profundo pesimismo y por una crítica mordaz del atraso peninsular. La Generación del 98 se planteó una profunda reflexión sobre el sentido de España y su papel en la Historia.

El regeneracionismo.

La crisis del 98 favoreció la aparición de movimientos que criticaron el sistema de la Restauración y propugnaron la necesidad de una modernización de la política española. Destacan, en este sentido, las críticas de los llamados “regeneracionistas”,  sobre todo de Joaquín Costa, cuyas ideas se reflejan en su obra Oligarquía y caciquismo.

El regeneracionismo centró su crítica en la corrupción de los partidos políticos y en el atraso económico y social que presentaba España respecto a otros países europeos. Defendía un programa basado en una reorganización política, en la limpieza del sistema electoral, en la reforma educativa, en las obras públicas, … En definitiva, defendía una actuación encaminada al bien común y no en beneficio de los intereses económicos de la oligarquía.

Joaquín Costa, el más destacado regeneracionista, pensaba que era imprescindible acabar con el caciquismo para recuperar la verdadera democracia. Al mismo tiempo, defendía la necesidad de modernizar la economía y de alfabetizar a la población difundiendo la educación entre las capas populares. Su pensamiento puede resumirse en el lema “escuela y despensa”.

El regeneracionismo no se concretó en la formación de un partido, ni los regeneracionistas participaron en la vida política. Sin embargo, algunos políticos nuevos como Maura o Canalejas, adoptaron muchas de las ideas regeneracionistas e intentaron aplicarlas.

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