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Tema 4. La Primera Guerra Carlista y la evolución política entre 1833 y 1843.

28 octubre, 2011

TEMA 4.      EL PLEITO DINÁSTICO. EL CARLISMO Y LA GUERRA CIVIL.

                           EVOLUCIÓN POLÍTICA ENTRE 1833 Y 1843.  

I)  EL PLEITO DINÁSTICO. EL CARLISMO Y LA GUERRA CIVIL.

     1.      Introducción.

    El período que se inicia con la muerte de Fernando VII constituye una etapa esencial en la historia de España. Al igual que en gran parte de Europa occidental, se consolidó un nuevo orden político, social y económico que puso fin definitivamente al Antiguo Régimen.

Desde el punto de vista político, la Monarquía absoluta dio paso a la Monarquía constitucional y parlamentaria. En lo económico se configuró un nuevo sistema basado en la revolución industrial y el capitalismo: la propiedad feudal se transformó en propiedad privada y se estableció la libertad económica (de contratación, de industria y de comercio). La sociedad quedó marcada por la hegemonía de la burguesía, la nueva clase social dominante, y se reconoció la igualdad jurídica de los ciudadanos.

Este proceso fue en España largo y complejo. Se inició con una guerra civil entre carlistas y liberales y continuó durante todo el reinado de Isabel II hasta culminar en una nueva revolución en 1868 que expulsó del trono a la Reina.

2.      Las dos opciones enfrentadas.

En 1833 los grupos favorables al absolutismo se negaron a reconocer a Isabel, la hija de Fernando VII, como legítima sucesora a la corona española y se sublevaron contra el gobierno de Mª Cristina de Borbón, la reina regente a causa de la minoría de edad de su hija, que tenía tres años. Los sublevados proclamaron rey al infante Don Carlos, dando así comienzo una larga y sangrienta guerra civil que enfrentó a absolutistas y liberales. No fue una simple guerra dinástica, sino un conflicto de fuerte contenido social y político.

 

A)  El bando carlista.

–          Ideológicamente se identifica con el absolutismo más intransigente, basado en el tradicionalismo y el antiliberalismo, y en la defensa del Altar y el Trono. Representaba a una sociedad arcaica y conservadora caracterizada por la Monarquía absoluta, la preeminencia de la Iglesia católica y el respeto al foralismo particular de cada uno de los territorios. De ahí que adoptaran el lema “Dios, Patria y Fueros”.

–          Socialmente el carlismo estaba encabezado por una parte de la nobleza y por miembros ultraconservadores de la administración y del Ejército. A ellos se unieron la mayor parte del bajo clero  -que veía en Don Carlos una garantía para evitar la pérdida de influencia de la Iglesia-  y la mayoría del campesinado -muchos arrendatarios enfitéuticos- reacia a las reformas y bajo la influencia de los curas rurales. También se unieron importantes sectores del artesanado que temían que los cambios sociales y económicos de carácter liberal terminaran por hundir sus talleres frente a la gran industria.

–          Geográficamente el carlismo triunfó en las zonas rurales del País Vasco, Navarra, Cataluña y el Maestrazgo aragonés y valenciano. Las razones de este arraigo hay que buscarlas en la defensa de los fueros que hacía el carlismo, lo que significaba un conjunto de privilegios para las poblaciones vasca y navarra y una promesa de recuperación de sus antiguas leyes para catalanes, aragoneses y valencianos. La reivindicación de los fueros por Don Carlos se convirtió en la principal bandera de enganche de la población campesina del Norte, que se opuso a la política uniformadora del liberalismo.

–          Internacionalmente los carlistas recibieron el apoyo de Rusia, Austria y Prusia, los países más tradicionales de Europa.


B)  El bando “cristino”.

Lo componían quienes respaldaban los derechos sucesorios de Isabel, y por tanto a la Reina Gobernadora Mª Cristina. Era un grupo más heterogéneo que el carlista.

–          Ideológicamente estaba formado por absolutistas partidarios de realizar ciertas reformas –encabezados por Cea Bermúdez- y liberales moderados y progresistas. Todos ellos veían en el apoyo a la Regente la única posibilidad de reformar el país.

–          Socialmente este bando estuvo respaldado por la mayoría de los oficiales del Ejército y de los altos cargos de la administración y de la Iglesia, conscientes de que los cambios eran inevitables. Además, contó con el apoyo de las ciudades: la burguesía de negocios, los profesionales liberales y los trabajadores de la industria. También de una parte del campesinado, el del Sur peninsular, más alejado de la influencia de la Iglesia.

–          Internacionalmente el bando cristino fue apoyado por Portugal, Inglaterra y Francia. Pero su superioridad en hombres y material no se tradujo en una victoria fulminante y la guerra se prolongó, entre otras causas, por las dificultades del gobierno para financiarla debido a la falta de recursos fiscales.


 3.      El desarrollo de la guerra.

Militarmente, la guerra puede dividirse en tres fases:

1ª)  Desde el inicio hasta la muerte de Zumalacárregui (1833-1835)

La guerra comenzó con el levantamiento de partidas carlistas en el País Vasco y Navarra. Sus ataques por sorpresa y su movilidad fueron la causa de sus primeras victorias, que les posibilitó el control del territorio comprendido entre el Ebro y el Cantábrico, pero sólo en el ámbito rural, pues las ciudades de Bilbao, San Sebastián, Vitoria y Pamplona permanecieron fieles al liberalismo.

Inicialmente los carlistas no contaban con un ejército regular y organizaron partidas de guerrilleros. Posteriormente, el general Zumalacárregui asumió la dirección militar y organizó un verdadero ejército, frente al ejército regular cristino. Mientras, Cabrera se encargó de organizar las partidas aragonesas y catalanas.

Las tropas carlistas derrotaron varias veces a las cristinas, pero en 1835 sufrieron su primera derrota cuando Don Carlos, contra la opinión de Zumalacárregui, intentó tomar la ciudad de Bilbao. El sitio fracasó y en él murió el propio Zumalacárregui, lo que significó una gravísima pérdida para el bando carlista.

2ª) Desde 1835 a 1837.

Esta fase se caracteriza porque la guerra sale del ámbito regional y pasa al ámbito nacional, teniendo lugar las principales acciones del carlismo fuera de su zona de influencia. Los carlistas rompieron su aislamiento mediante varias expediciones hacia el Sur, alguna de las cuales logró llegar a Cádiz, pero sin encontrar respaldo entre la población. Mientras, el bando cristino pasaba por momentos muy críticos ya que el ejército liberal apenas opuso resistencia, en parte por la mala dirección militar y en parte por la falta de recursos económicos. De esta manera, Don Carlos pudo llegar hasta las puertas del mismo Madrid, que estuvo a punto de ser tomado. Pero el ejército carlista, agotado, tuvo que retirarse hacia el Norte poniendo en evidencia la imposibilidad de una victoria militar y el escaso apoyo de la población al sur del Ebro a la causa carlista.

3ª) Desde 1837 hasta el Convenio de Vergara en 1839.

A partir de 1837 se inicia una etapa de resistencia carlista y la guerra se va decantando a favor de los gubernamentales. Se produjo una división interna en el carlismo entre los partidarios del pacto, dirigidos por el general Maroto, y los contrarios al mismo  -los intransigentes-, dirigidos por el general Cabrera, partidarios de continuar la guerra. Maroto llevó a cabo unas conversaciones secretas con el general liberal Espartero que culminaron en el Convenio de Vergara (agosto de 1939). Este acuerdo establecía el mantenimiento de los fueros en el País Vasco y Navarra y la integración de los ejércitos carlistas en el ejército real. Por su parte, los carlistas reconocían a Isabel II como reina de España.

4ª) Desde el Convenio de Vergara a la toma de Morella.

Don Carlos y los intransigentes, dirigidos por Cabrera, no reconocieron el acuerdo y la guerra continuó hasta 1840 en algunos focos de resistencia del Maestrazgo y Cataluña. Era una guerra ya perdida que acabó definitivamente cuando el general Espartero tomó Morella, la plaza fuerte de los carlistas.

 4.      Consecuencias de la guerra.

– La derrota carlista significó el fin definitivo del absolutismo. Sin embargo, el

ideario carlista no murió y se manifestará a lo largo de la historia de España hasta 1876, a través de otras dos guerras carlistas. Durante el s. XIX el carlismo fue un movimiento contra las corrientes de la época: liberalismo y capitalismo, industrialización y urbanismo, socialismo y anticlericalismo.

– La guerra produjo un descalabro humano y económico enorme, retrasando aún más el desarrollo del país.


II) EVOLUCIÓN POLÍTICA ENTRE 1833 Y 1843.

1. Introducción.

La demolición del Antiguo Régimen se llevó a cabo de forma total e irreversible entre 1833 y 1843, al mismo tiempo que se desarrollaba la Primera Guerra Carlista. Se trata de un periodo complejo en el que hubo dos regencias  -la de Mª Cristina y la de Espartero-, una guerra civil, dos constituciones y continuos levantamientos populares.

2. Características del liberalismo español.

El liberalismo se articuló en torno a tres fuerzas: la Corona, el Ejército y los partidos políticos. Al margen quedó la inmensa mayoría del país, que se manifestaba a través de la prensa, las tertulias y, en ocasiones, levantamientos armados.

*Los partidos políticos.- Dentro del liberalismo surgieron dos tendencias, la moderada y la progresista, que formaron los dos grandes partidos de la época isabelina. Representaban las dos corrientes del liberalismo, pero no había demasiadas diferencias entre ellas ya que coincidían en algunos puntos básicos:

· Defensa de un sistema monárquico constitucional.

· Defensa de la existencia de unos órganos representativos de la nación basados en el sufragio censitario.

. Defensa de las libertades individuales.

Los moderados era un grupo formado por terratenientes, grandes comerciantes, intelectuales conservadores, y algunos miembros de la nobleza, del alto clero y de los altos mandos militares. Defendían los intereses económicos de estos grupos sociales, y deseaban un Estado fuerte y seguro con una administración centralizada. Dejaban de lado a las clases populares, por lo que defendían una sufragio censitario muy restringido.

Los progresistas encontraron apoyos entre las clases medias (comerciantes, intelectuales universitarios, medianos propietarios de la tierra ) y las clases populares urbanas (artesanos y obreros). Defendían el principio de soberanía nacional y el predominio de las Cortes dentro del sistema político. Es decir, el rey reina pero no gobierna. Mantenían el principio del sufragio censitario, pero lo ampliaban más que los moderados al rebajar la cantidad de contribución exigible para votar. Eran partidarios de realizar reformas económicas y de poner fin a la influencia de la Iglesia (anticlericales).

*  El Ejército.- Tuvo una constante presencia en la vida política del s. XIX  y protagonizó frecuentes pronunciamientos, como el del Trienio. La guerra de la Independencia lo convirtió en protagonista, y luego, al morir Fernando VII, fue la garantía del reinado de Isabel II. Era frecuente el recurso al ejército por parte de los partidos, que lo convirtieron en el brazo ejecutor de la conspiración política. Además, muchos de los jefes de los partidos eran altos cargos militares, como Espartero, Narváez, Prim, etc.

3. La Regencia de Mª Cristina. (1833-1840).

a)      El inicio de las reformas liberales: el Estatuto Real.

Con un país en guerra y necesitada del apoyo de los liberales, la reina Regente Mª Cristina nombró en 1834 un nuevo jefe de gobierno, Martínez de la Rosa, más proclive que Cea Bermúdez a la realización de reformas. Fue así como el régimen inició una tímida evolución a la apertura política. El cambio más importante fue la aprobación del Estatuto Real en 1834, en un intento por atraerse a los liberales frente a los carlistas. Se trataba de una carta otorgada, es decir, era una concesión de la Corona por la que se pretendía reconocer algunos derechos y libertades políticas, pero sin aceptar el principio de soberanía nacional. El Estatuto establece unas Cortes bicamerales compuestas por el Estamento de los Próceres y el Estamento de Procuradores. El primero reunía a representantes del alto clero, de la nobleza y otros españoles notables, siendo estos puestos de designación real y vitalicios. Se convertía así en una cámara muy conservadora y poco inclinada a las reformas. La segunda cámara era elegida por sufragio censitario muy restringido (sólo podía votar el 0,15 % de la población). Estas Cortes no podían legislar sin la aprobación del rey, quien además podía disolverlas a voluntad.

Se trataba de una reforma muy conservadora e insuficiente para los liberales progresistas, que se fueron radicalizando mientras se desarrollaba la guerra contra los carlistas. Así, en 1835 se produjeron una serie de disturbios y revueltas urbanas que exigían reformas más radicales como una nueva ley electoral, libertad de imprenta, etc.  En medio de un ambiente caldeado, en 1836 se produjo el motín de los sargentos de la Granja  -residencia real de verano donde se encontraba la Regente- levantamiento de carácter progresista que obligó a Mª Cristina a formar un nuevo gobierno  dirigido por Mendizábal y a restablecer la Constitución de 1812.

b)    Los progresistas en el poder: el gobierno de Mendizábal.

Con Mendizábal, progresista de prestigio nacido en Cádiz, se inició realmente la revolución liberal. Durante los tan sólo siete meses en que estuvo en el poder realizó reformas fundamentales e irreversibles que sirvieron para desmantelar el Antiguo Régimen e implantar un sistema liberal. También dio un nuevo impulso a la acción militar para ganar la guerra a los carlistas.

Las reformas más destacadas del gobierno progresista fueron:

–          Una reforma agraria basada en tres aspectos: la disolución del régimen señorial, la desvinculación de las tierras –sobre todo los mayorazgos- y la desamortización civil y eclesiástica. Con esta reforma se consagraba el principio de propiedad privada de libre disponibilidad. La disolución del régimen señorial y la desvinculación  ya se habían iniciado en las Cortes de Cádiz, pero es ahora cuando definitivamente enormes extensiones de tierra salieron al libre mercado para ser compradas por el mejor postor. La desamortización de tierras eclesiásticas y su posterior venta por parte del Estado buscaba conseguir los recursos necesarios para luchar contra el carlismo, aminorar el déficit de la Hacienda e implicar a una base social de compradores en el triunfo del liberalismo.

–          Se adoptaron una serie de medidas legislativas encaminadas a la liberalización de la economía: libertad de explotación de la tierra, libertad de comercio, libertad de industria, fin de los privilegios de la Mesta, libertad de arrendamiento, abolición de los gremios, abolición de los diezmos, etc.

–          En el aspecto militar se reforzó al ejército con mayor suministro de armas y provisiones, y se entregó el mando  al general Espartero

–          Aunque en un principio se restableció la legislación de Cádiz  -y del Trienio- era evidente que ya no servía y se había quedado anticuada. Por tanto, se convocaron unas Cortes Extraordinarias (Constituyentes) que elaboraron una nueva Constitución aprobada en 1837. El momento era especialmente comprometido para los liberales, pues coincidía con el apogeo de los carlistas, es decir, cuando Don Carlos realizó la Expedición Real a Madrid, llegando a las puertas de la capital. Ante una situación tan incierta, la Constitución de 1837 resultó ser más un elemento de compromiso entre los grupos liberales que un texto verdaderamente progresista, ya que se hicieron importantes concesiones a los moderados. Las principales características de la Constitución de 1837 son:

· La soberanía nacional no queda reconocida de una manera clara, más bien se trata de una soberanía compartida entre el Rey y las Cortes, puesto que el poder legislativo recae conjuntamente en ambos. El Rey puede vetar las leyes y disolver las Cortes, provocando así unas nuevas elecciones.

· Bicameralismo. Las Cortes se componen de dos cámaras: Congreso de los Diputados y Senado. El Congreso se elige por sufragio censitario, mientras que el Senado es por designación real.

· El Rey nombra a los ministros.

· Se proclama un Estado no confesional.

· Contiene una amplia declaración de derechos individuales: libertad de prensa, de opinión, de asociación, etc.

· Se restableció la vieja Ley de Municipios que permitía el voto de todos los vecinos para elegir a alcaldes y concejales sin intervención del poder central. Esto daba ventajas a los progresistas en los ayuntamientos. Además, la Milicia Nacional, compuesta por ciudadanos voluntarios para mantener el orden, dependía directamente de los ayuntamientos.

En Septiembre de 1837 hubo elecciones y las ganaron los moderados -esto se explica porque el sufragio era censitario-, que gobernaron con el apoyo de la regente Mª Cristina.  Su política provocó el enfrentamiento con los progresistas, sobre todo cuando modificaron la Ley de Municipios para permitir que los alcaldes fueran elegidos por la Corona. Hubo entonces una ola de protestas por todo el país y Cristina dimitió y marchó al exilio. Mientras, el Ejército, dirigido por Espartero, había puesto fin a la guerra lo que llenó de prestigio al general.

4.      La Regencia de Espartero (1840-1843).

Tras la renuncia de Mª Cristina, el general Espartero asumió la regencia. Su actitud en el gobierno fue de un marcado autoritarismo y personalismo, lo que le impidió cooperar con las Cortes y se fue aislando cada vez más. Su talante militarista le llevó a sofocar los levantamientos -moderados, progresistas o populares- con medidas de fuerza.

En 1842, el temor a que Espartero firmara un acuerdo de librecomercio con Inglaterra, que suponía una amenaza para la industria textil catalana ya que tendría que competir con los textiles ingleses, produjo disturbios y manifestaciones en Barcelona. Como respuesta a este levantamiento, Espartero mandó bombardear la ciudad y cuando logró su rendición inició una dura represión que colocó a Cataluña y buena parte de los progresistas en su contra. Muy criticado, el general perdió prestigio ante la opinión pública y se fue quedando sin apoyos. Los moderados aprovecharon para protagonizar una serie de conspiraciones y, en 1843, el general Narváez encabezó una que provocó la dimisión de Espartero, quien se exilió a Inglaterra. Para no nombrar a un tercer regente y ante la falta de alternativas, las Cortes decidieron adelantar la mayoría de edad de Isabel II y la proclamaron reina cuando sólo tenía 13 años. Narváez se convirtió en el hombre fuerte del momento y los moderados fueron tomando posiciones en torno a la Reina, emprendiendo una política claramente regresiva y represiva respecto a los progresistas.

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