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Tema 1: Carlos IV (1788-1808) y la Guerra de la Independencia (1808-1814)

13 septiembre, 2011

TEMA 1.    EL IMPACTO DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA EN ESPAÑA.

                    LA GUERRA PENINSULAR: VERTIENTES Y BALANCE    

                    ECONÓMICO-SOCIAL.


  1. El reinado de Carlos IV (1788-1808).


Cuando Carlos IV sucede a su padre mantiene en el gobierno al conde de Floridablanca. Pero Carlos IV es un hombre débil, inepto y dominado por su mujer, Mª Luisa de Parma, quien asumió la tarea de gobernar. Los inicios de su reinado coinciden con el estallido de la Revolución Francesa (1789), lo que provocó el pánico entre las autoridades españolas asustadas ante la posibilidad de que se extendiera el movimiento a este lado de los Pirineos. Ante la radicalización de la revolución en Francia, el gobierno de Floridablanca cambió bruscamente su política y recurrió al aislamiento para evitar el contagio revolucionario. Así, a través de sucesivos decretos y órdenes prohibió la entrada de propaganda revolucionaria, estableció el control de las aduanas, prohibió libros, estableció la censura de la prensa, evitó la salida de estudiantes a universidades extranjeras, etc.

En 1792 se produjo la caída de Floridablanca por su actitud dubitativa respecto a Francia y le sucedió otro hombre con experiencia en el gobierno, el conde de Aranda, quien intentó mantener la neutralidad española con Francia de cara a una futura alianza para enfrentarse a Inglaterra, consciente de la debilidad militar española. Sin embargo, sus enemigos convencieron al Rey de su destitución y le sucedió Manuel de Godoy, quien dirigió la política española hasta 1808 con un paréntesis de dos años (1898-1800). Fue siempre odiado tanto por los sectores revolucionarios como por los reaccionarios absolutistas.

Godoy, de origen plebeyo, logró su ascenso gracias sobre todo al apoyo de la reina, con quien mantenía relaciones íntimas. Era el primer gobernante de Carlos IV sin experiencia de política. Cuando Luis XVI de Francia fue ejecutado en plena revolución, le declaró la guerra a Francia (Guerra de los Pirineos) como repuesta de la España del Antiguo Régimen a quienes rompieron el orden tradicional. La guerra acabó en un desastre militar y supuso para el país la pérdida de Santo Domingo y la ruina económica y fiscal.                                                                                                                     En 1796 se firma con Francia el Primer Tratado de San Ildefonso -se recurre a la alianza de los antiguos Pactos de Familia- para atacar a Inglaterra, ante la que se sufre una derrota y como consecuencia se produce la caída de Godoy en 1798. Le sucedieron varios ministros ilustrados que tuvieron que hacer frente al problema de la enorme deuda del Estado, arruinado por las guerras recientes. No era posible subir los impuestos y el Rey se negaba a limitar la exención fiscal de la nobleza. Para colmo, el comercio con América estaba colapsado por la guerra.

En 1799 Napoleón, tras un golpe de Estado, asume el poder en Francia y logra firmar con España el Segundo Tratado de San Ildefonso, al tiempo que presiona para lograr el regreso de Godoy a la política. Estalla de nuevo la guerra contra Inglaterra y España se ve otra vez envuelta en una guerra no deseada. En 1805 tiene lugar la batalla de Trafalgar, que supuso la destrucción de la armada española a manos de la flota inglesa dirigida por el almirante Nelson. Esto originó la pérdida del control marítimo español sobre las colonias americanas, de manera que el hundimiento económico del país era imparable.                                                                                                            Después de Trafalgar la capacidad naval de España            para garantizar el imperio colonial es prácticamente nula. Además, el desprestigio de Godoy es cada vez mayor debido a la grave situación económica (epidemias y malas cosechas) y a los desastres militares. Sus enemigos políticos, acérrimos partidarios del Antiguo Régimen, formaron un núcleo de oposición  en torno a la figura de Fernando, el príncipe heredero.

En los momentos iniciales de la guerra de la Independencia la situación de España era caótica: crisis demográfica  por las sucesivas guerras, el hambre y las epidemias; subida de precios y dificultades para mantener el comercio con América debido al bloqueo inglés y a la inexistencia de una armada; bancarrota de la Hacienda a causa del descontrol en el gasto y el endeudamiento ocasionado por las sucesivas guerras… El desprestigio de Godoy y de los reyes iba creciendo motivado por el escándalo moral, por las derrotas militares y por las crisis económicas. De todo ello se hacía responsable al valido. La nobleza, que lo despreciaba por su origen plebeyo, se unió en torno al príncipe heredero, quien no dudó en conspirar contra sus padres para acabar con Godoy.

La población veía en Fernando un salvador del país y de la dinastía. La camarilla, es decir, el reducido grupo de consejeros del príncipe, contribuyó a difundir una imagen de éste como hombre ejemplar y redentor de la monarquía. Descubierta una conspiración, el heredero logró de sus padres el perdón durante el proceso de El Escorial, pero sus partidarios fueron detenidos al ser delatados por él.

  1. La guerra de la Independencia (1808-1814).

 

a. Introducción.

La guerra de la Independencia supuso un hecho decisivo en la historia de España. Significó el principio del fin del Antiguo Régimen al iniciar un proceso que culminará veinte años más tarde con la revolución liberal. Durante la guerra el pueblo español adquirió conciencia de su entidad nacional y de su soberanía. Además, el país vivió su primera experiencia constitucional (la Cortes de Cádiz) y, en el marco de la guerra contra los franceses, las ideas liberales entraron con fuerza. A pesar de que al término del conflicto Fernando VII no respetó el sistema constitucional, el periodo de 1808-1814 supuso un punto de no retorno en la historia española al hacerse inviable el sistema absolutista.

 

b. Orígenes de la guerra.

     El origen se sitúa en 1807 cuando Napoleón declaró el bloqueo continental contra los productos británicos, surgiendo problemas en varios países, entre ellos Portugal, que se negaron a aplicar el bloqueo. Bonaparte promovió entonces la firma del Tratado de Fontainebleau con España, que permitía al ejército francés atravesar territorio español para invadir Portugal, lo que hicieron sin grandes dificultades y en pocos días los franceses atacaron Lisboa.

Pero Napoleón tomó la decisión de invadir también España. Tenía una opinión bastante negativa de la familia real, de los gobernantes y del propio país, al que consideraba atrasado e incapaz de resistir al ejército francés. Además, temía que España cambiara de alianza y necesitaba asegurar su dominio sobre ésta. Para colmo, muchos puertos españoles violaban el bloqueo.

Incumpliendo el Tratado de Fontainebleau, las tropas francesas fueron ocupando una serie de ciudades españolas, lo que ponía en evidencia que su intención iba más allá de la invasión de Portugal. Un ejército de 65.0000 hombres entró en España al mando del general Murat, ante la alarma y el descontento de los españoles. Para los partidarios de Fernando era la ocasión de derribar a Godoy, y en marzo de 1808 se produjo el motín de Aranjuez por el que las masas populares, alentadas por la camarilla del príncipe, provocaron la caída de Godoy. Éste fue detenido y Carlos IV se vio obligado a abdicar en su hijo, Fernando VII.

 c. Estallido y desarrollo del conflicto.

Cuando Fernando entró en Madrid como nuevo rey, las tropas de Murat se encontraban ya en la capital y durante un tiempo la familia real fue, de hecho, un rehén suyo. Napoleón decidió intervenir y convenció a Fernando para que se trasladase a Bayona (cerca de la frontera con España), donde tuvieron lugar unas vergonzosas negociaciones. El Emperador le exigió su renuncia al trono y más tarde a sus padres, a quienes también hizo venir a Bayona. A cambio de estas renuncias, Carlos IV y su hijo Fernando obtuvieron varios castillos en Francia y gigantescas sumas de dinero, lo que equivalía a vender el reino. Cuando entonces Napoleón decidió nombrar rey de España a su hermano José, la guerra en España ya había estallado. Fue una guerra nacional y popular que acrecentó el sentimiento entre los españoles de pertenecer a una misma comunidad por encima de regiones y reinos. No fue un guerra revolucionaria, pues se hizo en defensa de la monarquía, pero al mismo tiempo una minoría liberal estableció los fundamentos de una revolución en las Cortes de Cádiz.

Ante el clima creado por la salida de la familia real, se produjo un levantamiento del pueblo de Madrid el dos de Mayo de 1808 y se generalizaron las luchas callejeras contra los franceses en la capital. Asustadas ante la acción popular,  las clases poderosas, e incluso el ejército, permanecieron al margen. Sin embargo, la lucha contra los soldados franceses era imposible y Murat inició una dura represión fusilando a centenares de detenidos. Pero se equivocó al pensar que así sofocaba la rebelión, ya que en los días siguientes, al difundirse la noticia de los sucesos de Madrid por todo el país, casi todas las ciudades se fueron sublevando contra los franceses. Pese a la resistencia popular, la Junta de Gobierno, la Iglesia y la mayoría de los mandos militares acataron las órdenes francesas.

Los levantamientos y las abdicaciones de Bayona produjeron un vacío de poder. Para controlar la situación en las regiones no ocupadas por el ejército francés, los ciudadanos más prestigiosos establecieron un nuevo poder: las juntas provinciales, que asumieron la soberanía y la autoridad en nombre del rey ausente, al que creían secuestrado por Napoleón. Hombres de ideología dispar componían estos poderes territoriales y en seguida, para superar la división provincial y establecer un gobierno nacional unitario formaron, con delegados de las Juntas Provinciales, la Junta Central Suprema que, presidida por Floridablanca, asumió los poderes y se erigió en el máximo órgano gubernativo.

Inicialmente, la relación de fuerzas era desproporcionada: frente a un ejército francés hasta entonces invencible, el ejército español estaba en clara inferioridad, aunque demostró una moral alta y una capacidad de lucha superior a la esperada. Además, los franceses no contaban con el surgimiento de la guerrilla. Por último, hay que tener en cuenta la intervención inglesa y portuguesa que se sumó a la resistencia española.

El mando francés nunca pensó que la invasión de España iba a traer tantos problemas, y creyó que, como en otros lugares de Europa, el ejército podría alimentarse sobre el terreno. Pero surgió la resistencia popular y la acción de la guerrilla, a las que los franceses no supieron responder.

Pueden distinguirse cuatro fases en el proceso bélico:

 

1ª)  Abarca los meses iniciales de la guerra, en que los franceses se encaminaron a sofocar los levantamientos urbanos surgidos en todo el país. Se inició el sitio de Zaragoza, cuya resistencia fue organizada por el general Palafox. Mientras, las tropas del general francés Dupont sufrieron una humillante derrota en la Batalla de Bailén frente a las milicias del general Castaños. Era la primera vez que el ejército napoleónico era derrotado en campo abierto,  lo que tuvo un enorme impacto internacional.

       José Bonaparte, fríamente recibido en Madrid, tuvo que abandonar poco después la capital y en Zaragoza el general Verdier se vio obligado a levantar el sitio debido a la increíble resistencia de la ciudad.

       Entonces, el Emperador decidió intervenir directamente y preparó a conciencia la campaña enviando a 250.000 veteranos de la Grand Armèe.

2ª)     Napoleón vino a España al mando de sus mejores unidades y llevó a cabo una estrategia muy precisa. Ocupó Burgos y luego emprendió la marcha hacia Madrid, teniendo que enfrentarse en su camino a la dura de resistencia de los españoles. Pero la superioridad militar francesa era aplastante y la capital cayó en su poder. Napoleón evitó nuevas humillaciones al pueblo de Madrid y comenzó a dictar órdenes para acelerar las reformas sociales y económicas con el fin de mejorar la imagen de su ejército  y de presentarse como un benefactor.

         Tras asegurar Madrid, prosiguió su campaña hacia el norte para interceptar al ejército inglés que intentaba romper las comunicaciones francesas con la frontera. Arrinconados en Galicia, los ingleses fueron derrotados y reembarcaron hacia Portugal. Zaragoza, tras un segundo asedio, cayó en manos de los franceses. Cuando Napoleón abandonó España para atender la guerra en Austria, no había terminado la conquista de todo el territorio, y la resistencia seguía.

3ª)    Desde 1809 la guerra entra en una fase de desgaste caracterizada por la imposibilidad de dominar el territorio y por la hostilidad continua de la guerrilla, una nueva forma de lucha que fue decisiva para la victoria final.

         Las partidas guerrilleras aparecieron en 1808 como unidades de paisanos armados con el objetivo de mantener en jaque a los franceses. Su generalización se produjo a partir de la campaña de Napoleón y fue una forma típica de resistencia civil. La guerrilla va creciendo aceleradamente al unirse a ella tanto civiles como soldados de unidades del ejército dispersadas por los franceses. Sus mandos surgen de entre quienes demuestran capacidad de liderazgo y habilidad táctica, pero también hay oficiales del ejército que optan por organizar sus propias unidades. Al final de la guerra eran ya verdaderas divisiones militares.

La importancia de la guerrilla radica en su peculiar táctica. El guerrillero rehuye la batalla frontal, en la que se sabe inferior, y opta por golpear repetidamente mediante emboscadas contra fuerzas reducidas del enemigo. Cuando tiene garantías, ataca; cuando no, se esconde. Vive sobre el terreno y cuenta con el apoyo de la población civil que le suministra víveres, informes y escondites, lo que hace muy difícil su captura. Sus objetivos principales son las líneas de comunicación, la retaguardia, los abastecimientos y los convoyes de armas. Su efecto sobre el enemigo es doble: por un lado, minan la moral de los soldados, que viven en tensión permanente ante la imprevisibilidad de los ataques guerrilleros; por otro, obliga a mantener un elevado número de hombres en misiones de escolta, vigilancia y control de la retaguardia, lo que merma considerablemente las tropas que participan en campañas de guerra convencional. Además, los guerrilleros colaboraron con las unidades de los ejércitos regulares inglés y español. Como conclusión, puede afirmarse que la guerrilla fue decisiva para la derrota francesa.

Durante 1809 los generales franceses tuvieron que contentarse con asegurar las zonas conquistadas enfrentándose al ejército inglés del duque de Wellington, quien optó por retirarse dada su inferioridad numérica.

Tras recibir refuerzos, los franceses conquistaron Andalucía en una campaña rapidísima, obligando a la Junta Central a trasladarse rápidamente a Cádiz que, protegida por la escuadra inglesa y sus magníficas murallas, resistió el avance francés. El resto de Andalucía quedó bajo control del gobierno de José I. El año 1810 marcó el apogeo del dominio francés en España.

4ª)      En 1810 comienza el declive francés. Derrotados en el país vecino, los franceses abandonaron Portugal y Wellington comenzó su avance por el sur. Además, Napoleón retiró hombres para llevarlos a la campaña de Rusia. En Junio de 1811 las tropas inglesas, portuguesas y españolas, al mando de Wellington, entraron en Salamanca y poco después obtuvieron una importante victoria en la batalla de los Arapiles. Entonces, Napoleón retiró hombres para asegurar la defensa de Francia tras su desastre en Rusia. De esta manera, Wellington emprendió la ofensiva final en 1813, y José I abandonó Madrid. La batalla de Vitoria consumó la derrota francesa y los generales franceses ordenaron la retirada.

        Napoleón acabó firmando el tratado de Valençay por el que restituía la corona de España a Fernando VII y poco después terminó la guerra.    

 

3.  El gobierno de José Bonaparte.

José I nunca logró un control efectivo sobre todo el territorio debido a que algunas zonas eran controladas por los propios generales franceses y también al rechazo de la población a su gobierno. Además, su reinado estuvo marcado por la continua injerencia de Napoleón en sus decisiones.

Con José colaboraron los llamados afrancesados, españoles que apoyaron al gobierno invasor, la mayoría partidarios del reformismo ilustrado pero enemigos de la revolución. Al final de la guerra fueron perseguidos y sufrieron el exilio.

En Bayona, Napoleón reunió a un grupo de españoles formado por eclesiásticos, nobles, militares y hombres destacados para aprobar la llamada constitución de Bayona, que en realidad es una carta otorgada por la que Napoleón quiso dar al régimen una apariencia de legalidad y conectar así con las aspiraciones de los afrancesados, partidarios de reformar el sistema absolutista para evitar la revolución. En realidad, el Estatuto de Bayona no se pudo poner en práctica dada la inestabilidad del corto reinado de José I. Las principales medidas políticas fueron ordenadas por Napoleón prescindiendo de su hermano. Además, los propios generales gobernaban las provincias con independencia del rey, que se granjeó la animadversión e incluso la burla de los españoles.

4.   Balance de la guerra.

Tras cinco años de guerra España era un país arrasado. Hubo medio millón de muertos aproximadamente, cifra considerable si tenemos en cuenta el total de la población. En cuanto a las pérdidas materiales, el daño fue también destacable. Los asedios dejaron completamente arrasadas a algunas ciudades, mientras que otras sufrieron la destrucción de importantes edificios debido a la ocupación y los bombardeos. Los franceses realizaron también un considerable expolio de obras artistas, sólo parcialmente devueltas tras la guerra.

Entre los daños económicos destaca el grave deterioro de la industria textil catalana, que perdió el empuje de los años de preguerra y el mercado colonial. Pero fueron los campesinos quienes más soportaron el peso de la guerra: alistamientos, requisas de granos, ruina de las cosechas y  abandono de los campos dejaron a un país agotado en su principal fuente de riqueza.

Además, la guerra arruinó definitivamente la Hacienda española debido a su enorme coste y a que los ingresos cayeron en picado.

Consecuencia de la derrota francesa fue el exilio de los afrancesados y su represión durante el reinado de Fernando VII.

La guerra provocó que aflorara un fuerte sentimiento nacionalista español frente a la ocupación extranjera, al adquirir el pueblo conciencia de su especificidad como nación.

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